Buena vecindad

Opinión

Solari regresa a la casa felina.

Luis Guillermo Solís Rivera

Expresidente de la República

Decía Cantinflas, gran filósofo popular, que “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”. Convendría a la señora presidenta de la República, doña Laura Fernández, recordarlo. O, si prefiere no hacerlo, acatar aquel otro refrán que recomienda “no confundir la gimnasia con la magnesia”.

A propósito de sus lamentables declaraciones sobre las relaciones de Costa Rica con Nicaragua, la señora presidenta ha argumentado que la posición modosita de Costa Rica frente a la dictadura imperante obedece a dos razones principales: no poner en riesgo los vínculos comerciales con ese país y ser buenos vecinos, porque deseable es que “cada uno esté en su casa y Dios en la de todos”. Ha sustentado todo aquello en un corolario esperpéntico: no corresponde a su administración hostigar a un gobierno “escogido” por el pueblo nicaragüense.

Haciéndole caso a Cantinflas, aclaremos que nadie ha dicho que Costa Rica deba ir a la guerra con Nicaragua, suspender relaciones con la dictadura que la gobierna o asumir como propias acciones que competen exclusivamente a la oposición nicaragüense, la cual, por cierto, ha insistido en que la salida del nefasto régimen Ortega-Murillo debe ser política y pacífica. 

Aunque a lo largo de dos siglos y pico algunas veces Costa Rica tuvo que intervenir, incluso militarmente, en su vecina norteña para salvaguardar nuestra seguridad nacional, tal no es el caso hoy. Insistir en ello es lo que en buen tico se llama «una necedad» y aleja el debate de los temas medulares en discusión.

¿Cuáles son esos temas medulares? Pues los que aluden a tres aspectos: los principios y valores históricos que sustentan nuestra política exterior; la naturaleza oprobiosamente dictatorial del régimen Ortega-Murillo y sus amenazas contra la seguridad interior de nuestro país; y la certeza de que una posición firme en los asuntos anteriormente mencionados no pone en riesgo los vínculos económicos y comerciales que, por necesidad y conveniencia mutuas y con independencia de discrepancias mayores o menores en la agenda bilateral, deben ser atendidos con sensatez y diligencia diplomáticas por los Estados que comparten una frontera común.

La política exterior contemporánea de Costa Rica tiene su asidero en principios y valores universales, como la defensa de los derechos humanos, la promoción de la desmilitarización y el desarme y la protección del ambiente. 

Esto inevitablemente conlleva denunciar y actuar decididamente frente a aquellos agentes, estatales o no, que conspiran de forma activa y deliberada contra tales objetivos, porque de la preeminencia del Derecho Internacional depende nuestra seguridad interior. La dictadura en Nicaragua es el mejor ejemplo de ese peligro: mata, viola, tortura, expulsa, expropia, desnacionaliza y reprime brutalmente a su pueblo, a la Iglesia Católica y otros credos, a la empresa privada, las organizaciones no gubernamentales y a todo aquel que se le oponga. 

Pero también se aprovecha de nuestra vecindad para extender sus tentáculos con propósitos de hostigamiento, intimidación y muerte contra las y los nicaragüenses que viven entre nosotros. Decir que ese régimen fue “escogido” por aquel sufrido pueblo es una insólita barbaridad y un inmenso e innecesario despropósito.

Me parece grave que la señora presidenta no haya enmendado su error e insista en sus tesis originales. Están equivocadas. 

Lo digo con todo respeto, y no por molestar, como ella sostiene, sino por hacer valer un patrimonio de política exterior que considero precioso e irrevocable.