
Entré a la Facultad de Bellas Artes con mi bultillo de mecate y mi pelo de hippie. Eran los primeros días de clases y aquello fue como asistir a un gran estreno.
Quedé mudo con la primera aparición: una bella e imponente mujer ataviada con collares de plata. Entró despacio y me saludó. El aire apenas me dio para decir un inaudible y sin gracia hola. Yo la había ido a ver al teatro y su voz era inolvidable. Una especie de kafkan de seda la hacía ver como una Hécuba salida del palacio de Troya. Era Ana Poltronieri que hacía su entrada para dar clases. En pocos días nos habríamos hecho amigos para siempre. Sus clases de dicción aún suenan en mi cabeza. Decía León Felipe, Machado, fragmentos del Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, fragmentos de La Ilíada: Héctor, hijo de Príamo, esposo de Andrómaca… fascinante. Recitaba De Bravo solemne y clara.
Por el pasillo se paseaba un muchacho como salido de los 300, Stoyan Vladich, nuestro profesor de Expresión Corporal con su sonrisa torcida. Llaves en ristre se paseaba sonriente Daniel Gallegos lleno de anécdotas de México, de España, de la India, del teatro londinense, del Actor´s Studio en Nueva York. Era el director de la escuela y del Teatro Universitario. Una dama siempre envuelta en una clásica gabardina, como salida del cine británico, se sentaba en la cafetería a tomar su té. Ibsen, Strindberg, Lorca, Shaw, Pirandello, Miller; tenía una y mil cosas que contar de cada escritor de teatro. Respiraba profundo y su voz grave contenía la historia del teatro moderno mientras sostenía su cigarrillo.
Si hay algo que sabe hacer alguien de teatro es una entrada dramática y a su tiempo. Y eso se aprendía ahí, en los pasillos de Bellas Artes, rodeada de esculturas griegas alrededor de la fuente del patiecillo central. De traje gris, camisa blanca abotonada hasta el cuello, sin corbata, inmenso, detrás de una nariz de gancho, aparecía Atahualpa del Cioppo. Con él entraba todo lo importante de saber del teatro latinoamericano. Gran conversador, de risa fácil, siempre con un cumplido para cada mujer que le saludaba, nos hablaba de un teatro enorme que haría bien a todos cuantos lo presenciaran, que solo podía hacerse si el espacio escénico vibraba de movimientos y colores, nada permanecía en su lugar, debía moverse como un gran ballet. Minutos luego hacía su entrada la gran Bélgica Castro, en elegante traje sastre Chanel, con toda su experiencia de años en la BBC de Londres y el teatro chileno. Minuciosa en sus clases. Cada palabra del teatro español del siglo de oro debía ser dicha como quien habla en prosa pero, vea usted, es en verso, se dice natural, sin afectaciones, como hablamos nosotros a la hora del café. Detrás suyo aparecía Alejandro Sieveking, altísimo, cigarro en boquilla, camisa y corbata, saco sobre los hombros, como casual, como ¿no es así que se lleva? Y con él entraban las clases de puesta escena más deliciosas. Textos, ejercicios, cuadernos de puesta, dibujos de trajes y escenarios, interpretaciones. Era una suerte ser su alumno. Para la clase de movimiento y danza teníamos nada menos que a Mireya Barboza. Leotardo azulado, amplia falda de seda, zapatillas de ballet, liviana como un gorrión.
Una alta y bella Haydée de Lev de vestido elegante y clásico se ponía unas gafas enormes para sus clases. Clases delicadas donde compartía su enorme experiencia de actriz con nosotros. Muy seria, pero con aquella sonrisa que iluminaría cualquier apagón. Reía sonora, volvía a la seriedad, estiraba aquellos brazos de cisne y volvía a explicar. En el café, con trenza negrísima a un lado de su cabeza, Virginia Grutter esperaba para su clase. Todo Brecht entero vivía en ella porque lo vio en Berlín trabajar junto a su famosa esposa Helene Weigel en el Berliner Ensemble. Discutía constantemente, reía como Petra Cotes, encendía otro cigarro, y continuaba la clase.
Podría seguir por un libro entero. Maestros extraordinarios y compañeros de lujo: Rubén Pagura, Olguita Zúñiga, Eugenia Fuscaldo, Luis Piedra, Lylliam Quesada, Vicky Montero, Mara González, Diana Ávila, Eugenio Arias y muchos más en aquellas clases que eran como estar en los grandes teatros del mundo, y solo era ahí, en la pequeña Facultad de Bellas Artes de la UCR.