Bases para un diálogo constructivo

Después de varios días de oposición generalizada a la propuesta que el Gobierno de la República presentó al Fondo Monetario Internacional (FMI) y casi al borde del caos social, por fin el Presidente Carlos Alvarado tomó la sensata decisión de dar un paso atrás, retirar dicha propuesta y escuchar a la gente. Presionado por todo […]

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Después de varios días de oposición generalizada a la propuesta que el Gobierno de la República presentó al Fondo Monetario Internacional (FMI) y casi al borde del caos social, por fin el Presidente Carlos Alvarado tomó la sensata decisión de dar un paso atrás, retirar dicha propuesta y escuchar a la gente. Presionado por todo lado, ha convocado a un diálogo nacional con el fin de encontrar una solución conjunta a la grave situación política, económica, social y cultural en la que está sumido el país, por cierto, mucho antes de la pandemia por la enfermedad del coronavirus.
En un sistema político fundado en el principio democrático (art. 1 CP), el poder soberano del pueblo (art. 2 CP), el principio de la participación ciudadana y del gobierno del pueblo (art. 9), este llamado al diálogo nacional en momentos de crisis no tiene nada de extraordinario. Lo que sí llama poderosamente la atención, es que sea hasta ahora -cuando el pueblo protestó en las calles- que el Gobierno haya tomado la decisión de escuchar y dialogar con la gente.
Con palabras -dice Julián Marías- construimos el mundo; y yo agrego, que con el diálogo construimos nuestro ser social y comunitario. El diálogo es el medio más civilizado para resolver, en paz y democracia, los conflictos de cualquier naturaleza, o bien para decidir lo que más conviene a la familia, al barrio y a la sociedad como un todo. Se podría decir, que en la capacidad de dialogar se encuentran los fundamentos de la sociedad, pero también los límites de la paz social.
Si como miembros de un mismo grupo no sabemos dialogar, ahí imperará la anarquía. Llamo la atención sobre este particular, porque antes de la protesta social que hoy tiene tantas carreteras cerradas el Gobierno de la República simplemente no escuchó ni los criterios de los expertos ni el clamor de la gente común, que a final de cuentas siempre lleva la peor parte.
Desde el plano político, el diálogo es un puente entre la democracia representativa y la democracia participativa. El diálogo nos empodera, nos constituye como ciudadanos y nos permite participar de manera directa y significativa en el diagnóstico y la solución de los problemas nacionales; dicho en otras palabras, mediante el diálogo dejamos de ser meros espectadores de lo que hace la clase gobernante para convertirnos en protagonistas, en gobierno del pueblo, en arquitectos y constructores de nuestro propio destino.
Ahora bien, por diálogo no se entiende cualquier forma de comunicación. Para que el diálogo sea tal, tiene que ser serio. Para esto, como mínimo, se requieren las siguientes condiciones:
1. En el diálogo participan todos los afectados de la decisión final o sus representantes. No se trata, por ejemplo, de que el Presidente de la República decide unilateralmente con quién hablar. Ese procedimiento es unidireccional, elitista y, por consiguiente, excluyente y antidemocrático.
2. Para que el diálogo sea serio debe existir un emisor y un receptor, que de manera sincera intercambian por los canales y en los espacios apropiados, información clara y conciliadora. Es claro que la persona de quién es el emisor y quién el receptor se intercambia constantemente.  
3. Quienes participan en el diálogo seriamente están dispuestos a escuchar lo que tienen que decir los interlocutores. Ninguno de los participantes dialoga creyendo tener la verdad o que su misión es la de imponerse a toda costa.
4. Como el diálogo serio supone la buena fe de todos los participantes, es conveniente evitar las interferencias o los ruidos que puedan entorpecer lo que se quiere decir y negociar. Hay que tener mucho cuidado con los oportunistas, los populistas y las agendas paralelas de algunas personas o grupos que solo aspiran a ganar algo para sus propios intereses y no para el bien común.
5. Se dialoga no para defender posiciones sino para encontrar soluciones justas y el entendimiento entre los interlocutores. Esto no significa que se logrará un acuerdo sobre todos los puntos en disputa, pero sí sobre aquello que es de interés común, es decir, de todos los interlocutores.
6. Los asuntos acordados deben quedar plasmados en un documento y su ejecución debe hacer al mismo tiempo. Por ejemplo, no es procedente por la necesidad de flujo de caja (cash flow) que tiene el Gobierno que se acuerde primero crear nuevos impuestos para salir de la crisis inmediata y después con más calma resolver el régimen de empleo público, o la reducción del gasto o la reforma del anticuado, ineficiente y costoso aparato público.
7. Concluido el diálogo y firmado el acuerdo que sea, es absolutamente necesario establecer procedimientos de control y evaluación entre las partes. Si no se establecen estos procedimientos de verificación o de rendición de cuentas y evaluación de resultados, es muy probable que, al cabo de unas semanas, lo acordado se reduzca a un simple recuerdo.   
En suma, el diálogo en general y, de manera particular, el que propone el Presidente de la República, para que sea fructífero debe incluir a todos los afectados y hacerse con justicia.  No es suficiente con invitar a dialogar, el asunto fundamental es cómo y con quién se dialoga. Todos tienen que estar en la misma mesa en condiciones de igualdad: los más grandes y los más pequeños, los más fuertes y los más débiles. De esto trata el diálogo democrático: de materializar el derecho fundamental de la participación ciudadana en la adopción de las decisiones fundamentales que le afectarán su propio destino.