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“En este país no hay responsabilidad política, en países europeos el mínimo escándalo sería una renuncia del gobierno en pleno”. Decía don Luis Guillermo Solís en sus redes sociales mientras estaba en campaña electoral. Parece que no hay político tan consciente de la irresponsabilidad de sus colegas como aquel que busca votos. Pero ¿qué pasa cuando los consiguen? Como por arte de magia desaparece esa sensibilidad ante la desidia en la función pública y hasta se tolera o protege.
La semana pasada trascendió que el gobierno de Solís no presupuestó ¢600.000 millones para pagar la emisión de bonos que financiarían los gastos del Estado. La respuesta evasiva dada por don Helio Fallas -ministro de Hacienda de aquel entonces- se vuelve un vivo ejemplo de la irresponsabilidad política que impera en nuestro país. No reconoce ningún error respecto a la omisión y más bien la justifica, diciendo que era una situación poco previsible por la situación fiscal y, consecuentemente, por la no aprobación del paquetazo de impuestos (llamado a modo de eufemismo “Plan Fiscal”).
Por supuesto que ya don Helio o la administración Solís no pueden hacer mucho al respecto, no parece que reconozcan su responsabilidad y, en todo caso, no podrían asumirla.
Y con asumir responsabilidad no me refiero a la renuncia del gobierno en pleno, ni siquiera del señor ministro, sino a que enfrentaran como correspondía el reto de sanear las finanzas públicas. Realizar todos los esfuerzos necesarios para contener el gasto, tomar las medidas para recortarlo -aunque fueran impopulares- y tratar de mitigar los efectos del déficit, lo que incluye presupuestar lo suficiente para pagar el vencimiento de los bonos.
Lamentablemente hasta ahora nos hemos enterado de este faltante para pagar a los inversionistas y es el gobierno actual a quien le toca solicitar a los diputados un presupuesto extraordinario para cumplir con las obligaciones. No teníamos buenos indicios del correcto manejo de las finanzas del Estado, pero el problema parece ser peor. Solamente nos queda esperar que no haya más sorpresas y, si las hubiera, que salgan a la luz pronto para ser corregidas y sentar responsabilidades.
Este caso es solo un ejemplo más de la práctica usual de nuestros políticos: patear la bola para que le toque a otro. No tienden a enfrentar y resolver los problemas más graves y complejos, sino a postergarlos o evadirlos. Sin duda es una muestra de la irresponsabilidad política que permea a altos niveles de la función pública.
Los mejores gobernantes son aquellos que resuelven los problemas o hacen lo posible por resolverlos de la mejor manera, no quienes los postergan, aunque eso implique sacrificar popularidad o que su partido pierda las siguientes elecciones. Si no entendemos eso como ciudadanos, seguiremos tolerando la irresponsabilidad, o peor aún, eligiendo a políticos irresponsables. Ya lo sabemos, no es lo mismo verlos venir que bailar con ellos.