
Las mañanas eran tan diáfanas, aún entre la polvareda de aquella calle de tierra, donde hasta las plantas que se esmeraba en cuidar mi madre terminaban sucias y agobiadas de polvo y sol, en aquel tiempo; cuando los veranos eran chapuzones en el río, algarabía de guayabas, nances, anonas y duraznos, cuando los cafetales se deshacían en azahares de blancas flores, aquellos cafetales de mi infancia, que el “progreso” fue sepultando y convirtiendo en concreto, cemento, encierro y desolación…
Recuerdo el desagüe de la calle, que transcurría manso bajo la sombra fresca de las altas cercas de los árboles de poró, maderos negros y manzana rosa, aquel desagüe, en el que todavía nadaban olominas panzonas y gupis de colores espectrales; aquello era un micro-Edén de libélulas, mariposas, lagartijas y la infancia desbocada en los potreros con su risa desatada, descubriendo de puntillas y por primera vez, hasta donde llegaba la inmensidad del viento, y presintiendo en sus correrías los cuatro puntos cardinales, que le imprimen pasión de volar a la aventura … bueno, así crecí; en un ya lejano en el tiempo San Pablo de Heredia, en una humilde casita de bahareque, en la que cada mañana el sol rechinaba sus bisagras de luz, sobre la sedienta cal de las paredes de barro… en ese tiempo prácticamente todo el Valle Central, estaba engarzado por pequeños cafetales y grandes fincas de café, algunos potreros y surcado por ríos -aún transparentes y risueños-, que bajaban desde el Macizo del Barva o de San Isidro de Heredia; y yo, que era apenas un carajillo deslumbrado en asombros, con una emoción atravesada en el alma, solo ansiaba llegar con mis padres, a buena mañana, a aquel cafetal para coger café, aquel cafetal, que más que cafetal era un verdadero jardín de naranjas, limones ácidos y dulces, mandarinas, tiquizques, aguacates, guineos, anonas y cuanto fruto delicioso y comestible le pudiera a usted pasar por la mente, mientras tanto, en la casa, ya a las cuatro de la mañana, mi madre iluminaba el día atizando con su cálida sencillez la cocina de leña, que con un invisible pincel, dibujaba contra el azul matutino del cielo, un travieso chorrito de humo por encima del techo de tejas; alistando las humeantes tortillas para el desayuno, y el almuerzo que comeríamos frío, bajo la fresca sombra de un frondoso árbol, y que para mí era el más exquisito manjar que un chiquillo de mi edad podría disfrutar en lo que para mí era una mágica y sencilla aventura, y un inocente y primitivo “contacto con natura”.
Mi casa, como todas las poquitas casas de entonces, desperdigadas -como al descuido- entre los cafetales; todas franqueadas de begonias y de helechos, con sus amplios corredores donde el tiempo despaturrado se sentaba a fumar puro, sobre alguna vieja banca o mecedora, a mirar pasar la vida, con la paciencia que solo el tiempo suele tener; pero sobre todo, a diferencia de hoy en día, en que todo el mundo vive alerta y temeroso, encerrado tras las rejas de su propia casa-prisión, por la amenaza de la inseguridad, en ese tiempo todas las casas recibían el canto del primer gallo con las puertas y ventanas de par en par, para que el sol, recién despierto y legañoso, pudiera pasar como Pedro por su casa, y el viento pudiera corretear sin límites ni obstáculos a los últimos duendecillos, espantos y fantasmas que solían poblar las negras madrugadas… en aquel tiempo…, que hoy es irrecuperable, como irrecuperables serán para siempre tantas casitas de barro, tantos cafetales, tantos árboles de nísperos y naranjas, tantos ríos; como mi añorado río Bermúdez, que hasta hace unos pocos años era el balneario “a culo pelao” de todos los chiquillos del pueblo; tantas libélulas y olominas, tanta tranquilidad arrebatada en aras de un seudo progreso, de un fraude de “desarrollo”, que le ha carcomido el tuétano y el alma, a lo que alguna vez fue nuestro querido terruño; para dejarnos finalmente llenos de tanta indiferencia, de tanta podredumbre, de tanta inconsciencia, de tanta frivolidad… ¡de tanta nada!; y los cogedores de café ya son solo sombras fantasmagóricas en el umbral del recuerdo, porque todo eso se ha esfumado en la nostalgia del tiempo; irrepetible, inalcanzable, y para siempre, irremediablemente irrecuperable …
¡Aquellas cogidas…! de café.