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La prioridad del Centro Costarricense de Ciencia y Cultura debe ser apoyar a los más chicos en sus procesos de formación educativa. Así lo aseguró Gloria Bejarano Almada, ex primera dama de la República, así como fundadora y presidenta honoraria de dicho centro, quien se refirió al estado de la educación costarricense, la brecha entre centros de estudios públicos y privados incrementada por la pandemia de Covid-19, cómo surgió la idea de transformar la Penitenciaría Central en un espacio de conocimiento y los recortes que se pretende realizar en materia de cultura. Este es un extracto de la entrevista que brindó Bejarano a DIARIO EXTRA.
¿Cómo evalúa la educación actual?
– Tenemos una brecha que se ha ensanchado peligrosamente. Hay un abismo entre las escuelas públicas y las privadas. Los de las privadas están en un mundo diferente, pero en ambos casos se ha perdido un interés por el conocimiento. Unos porque no tienen las oportunidades y otros porque están dentro de un iPad. Los dos viven una indiferencia al estudio, conocimiento. Los chicos están perdiendo capacidad de lectura, escritura y redacción. ¡Es increíble! ¿Qué buscamos en los Museos? Que los niños tengan ese interés por aprender. Después de 29 años que tenemos abiertos los Museos, muchas personas me dicen que encontraron su vocación aquí. Queremos que los niños descubran que tienen ese potencial para poder desarrollarse. Somos Museos como muy pocos. Nosotros tenemos 46 salas y nos negamos a cerrarlas. Buscamos que los chicos tengan un abanico de opciones para crecer. El tema económico y la pandemia nos afectaron, sin duda alguna.
¿En qué aspecto?
– Más del 65% del presupuesto del Museo de los Niños lo generamos nosotros mismos con visitaciones, donaciones, actividades, alquileres. En una sala no es solo poner chunches, sino hay que hacer toda una investigación, planeamiento, diseño de dispositivos… Mucho se nos vino abajo por la pandemia. Estamos casi volviendo a los principios del Museo, donde todo se hacía más mecánico que tecnológico…
¿Cómo enamorar a los chicos de los museos, bibliotecas y los libros cuándo todo está al alcance de un clic o del celular?
– Hay que acercarlos y potencializar todos esos elementos. Hay estudios que dicen que los chicos están retrocediendo en conocimiento. Por eso, la misión es que puedan pensar, despertarles el saber, que tengan la magia de aprender jugando. Los niños se interesan si se les enseña diferente. Lo mismo con los papás. Hay algunos que se vuelven clientes fijos de una sala porque están descubriendo lo que les gusta. Llevar este conocimiento a los sectores menos favorecidos ha sido nuestro objetivo: Siempre hemos fomentado la visita de escuelas de escasos recursos porque tenemos una tarifa subsidiada.
¿Cómo nace la idea del Museo de los Niños?
– Yo fui a Venezuela y conocí el Museo de los Niños de ese país. Entré a ese lugar y quedé maravillada. Como adulta, empecé a jugar y aprender cosas que me enseñaron en la primaria. Jugando dije: ¡ah! Esto era así. Saliendo de allí, pensé que Costa Rica urgía de un Museo de este tipo. Llegando aquí, hablé con el Consejo de Gobierno y se me quedaron viendo como si estuviera loca.
¿Qué más hay en el Centro Costarricense de la Ciencia y la Cultura?
-Además del Museo de los Niños, tenemos el Museo Histórico Penitenciario: Para hacerlo duramos ocho años efectuando una investigación. Se hicieron entrevistas a internos, familiares, periodistas, vecinos, policías, médicos.
¿De dónde nace la idea de convertir “La Peni” en un museo?
– Yo vengo de un país (México) donde las estructuras de nuestros antepasados merecen nuestro respeto, porque nos cuentan su historia y nos marcan un camino. La Penitenciaria es parte de la historia del país, pero nos daba vergüenza. Se prefería ignorarla o esconderla. Aquí hubo mucho hacinamiento por la ley de la vagancia, conflictos políticos, hubo guerrilleros “guardados” en este lugar. ¡Aquí estuvo Carlos Fonseca Amador…! Era un lugar sombrío, de crímenes, venganzas y con bandas. Todo eso daba pena, pero formaba parte del país. La cárcel quedó en abandono, pasaron doce años y, cuando yo lo visité, el zacate me llegaba a la barbilla. ¡Había (serpientes) cascabeles, ratas y murciélagos! Cuando miré el pasillo principal, vi un lugar hermoso y dije ¡Aquí es! Tenía el espacio ideal para hacer una galería, ahí estaban las celdas para guardar la memoria histórica de la penitenciaría. Presenté la propuesta en Consejo de Gobierno y me miraron extrañados. ¡Ese lugar no se podía tirar! Era un complejo cultural único para la región centroamericana.
¿Cuáles fueron los principales obstáculos en la transformación de “La Peni”? ¿Cómo se le quitó el estigma al lugar?
-Fue la parte más difícil. Había mucho escepticismo y negatividad. Muchos decían: ¿Cómo se le ocurre? Esa mujer se volvió loca… Algunos periodistas comentaban que yo estaba loca y era imposible construir lo que estábamos proponiendo. Hubo un artículo que decía “¿Cómo se le ocurre a esta señora meter a los niños a la cárcel?”, pero el edificio reunía todas las condiciones para poder levantar un complejo. El tema de recursos fue otro obstáculo. Se conformó un equipo de ministros y se le dio forma al proyecto. Además, se hizo la Fundación Ayúdanos para Ayudar, a la cual se le encarga la reconstrucción del lugar y avanzamos. Trabajamos de forma ágil y en un momento había tres empresas trabajando simultáneamente. Los empresarios dudaban del lugar y del proyecto, pero trabajamos de forma increíble: Los Scouts y el Movimiento Nacional de Juventudes nos ayudaron mucho. Incluso personas privadas de libertad de mínima seguridad estuvieron dando su grano de arena.
¿Hubo sectores opuestos al Museo?
-Totalmente. Hoy en día, hay personas que dicen que es una cárcel y que es mejor botarla, pero el edificio no tiene la culpa de lo que pasó aquí, éramos los seres humanos los que habíamos hecho de ese lugar un espacio oscuro. Incluso, muchos creen que debería volver a ser cárcel.
Hablemos de temas económicos y de mantenimiento. Al día de hoy, ¿cuánto costaría construir el Museo de los Niños?
-El costo actual sería alrededor de los $8 millones. El tema de mantenimiento es altísimo. Solo en pintura, se van millones de colones. Lo mismo con electricidad, techos, bajantes, baños, canoas. El edificio tiene un tratamiento especial por ser parte patrimonial. En tema de recursos, somos auditados constantemente y todo es transparente. La Junta Directiva y yo no recibimos ningún tipo de beneficio de la institución. Somos muy eficientes. Actualmente tenemos 130 personas acá y, además de la labor educativa y cultural que hacemos, realizamos una importante labor social: Hemos trabajado con los chicos del Centro Penal Zurquí y se les daban talleres de crecimiento personal. Les apoyamos para que vuelvan a sus estudios y darles oportunidades. Aparte, tenemos una editorial enfocada en chicos, para transmitirles conocimiento.
En las últimas semanas se ha hablado del presupuesto de Cultura y la afectación que puede tener el Museo si le recortan recursos. ¿Qué pasaría si se da ese tijeretazo?
– Yo entiendo la situación y que el Estado no tiene recursos para cumplir todas sus obligaciones. A veces parece que la parte menos sensible es la de Cultura y el aporte que el Estado nos hace es para continuar apoyando a los diferentes sectores de la sociedad en momentos donde vivimos una crisis en educación y cultura. Hay un gran vacío y apoyar la educación es nuestra prioridad. Costa Rica es lo que es gracias a la educación y nosotros queremos que los chiquillos se formen mejor, que descubran su vocación y tengamos una mejor posición a nivel regional.
Muchas personas cuestionan que el Museo reciba recursos del Estado cuando se cobran entradas y genera sus propios recursos
– Nosotros generamos cerca del 65% del presupuesto institucional. El restante viene de la ley 7972 que es la de cigarrillos y licores. De ellos, recibimos menos de 1%. Ese porcentaje nos ayuda mucho porque el mantenimiento de este lugar no es barato. Tenemos 15 hectáreas que cubrir. Solo el Museo de los Niños son más de 2 mil metros cuadrados de construcción. Imagínese todo lo que se gasta en salas, techos, pinturas, electricidad… Al ser un museo interactivo, tiene un desgaste muy grande, no todo el mundo toca las cosas con delicadeza. Aquí se roban cosas, como bombillos, pelotas para juegos o cosas expuestas. ¡Aquí se robaron el fémur de una vaca! ¿Qué hace alguien con eso? En una ocasión, alguien tiró excremento en las paredes. En otra, quién sabe quién tapo los bajantes y la Galería Nacional se inundó. Con todo eso hay que luchar. No solo se trata de mantenimiento sino, a veces, la destrucción que hace la gente y no sabemos con qué fin. Para que el Museo funcione, hay que estar arreglando equipos, reponer y renovar. Es un edificio viejo al que hay que darle cariño.