Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
Vivimos rodeados de palabras y, paradójicamente, cada vez resulta más difícil saber cuáles merecen nuestra confianza. Circulan noticias falsas, imágenes fabricadas, medias verdades, discursos construidos para provocar miedo u odio. Los algoritmos deciden buena parte de lo que vemos. La velocidad muchas veces sustituye a la reflexión. Una afirmación repetida miles de veces puede terminar pareciendo cierta, aunque nunca lo haya sido. El Papa León XIV nos dice que «La verdad no es un territorio que defender, sino un bien que compartir” (Cfr. Magnifica Humanitas, n.25).
La diferencia es enorme. Cuando convertimos la verdad en territorio, levantamos murallas. Aparecen los nuestros y los otros. Nos interesa ganar la discusión, proteger posiciones, conservar espacios de poder. Pero cuando comprendemos la verdad como un bien, ya no necesitamos utilizarla como arma. La buscamos, la servimos y la compartimos. Eso exige humildad. Porque anunciar la verdad comienza por estar dispuesto a reconocerla incluso cuando nos incomoda.
La tarea comienza mucho más cerca. Comienza cuando alguien decide no mentir, aunque la mentira le resulte conveniente. Cuando se niega a compartir una falsedad. Cuando escucha antes de condenar. Cuando pregunta qué ocurrió antes de señalar culpables. Cuando defiende la dignidad de una persona, aunque hacerlo no produzca aplausos. Comienza también cuando tenemos el coraje de decir que algo está mal.
Nuestro tiempo necesita ese coraje. Anunciemos la Verdad, con libertad, con valentía y con misericordia. Porque la verdad cristiana no necesita gritar para ser verdad; necesita testigos.
En un tiempo en que la mentira, la manipulación, el miedo y la desinformación pueden terminar mal formando la conciencia, anunciar la verdad se entiende como una exigencia misionera.
Precisamente, octubre, mes de las misiones, vuelve a hablarnos de la tarea de llevar a Cristo a las distintas realidades humanas y hacer presente su Evangelio allí, donde la vida necesita esperanza y dignidad.
Quizá convenga comenzar preguntándonos qué significa ser misioneros en este momento. Durante mucho tiempo asociamos la palabra misión con tierras lejanas, con hombres y mujeres que dejaban su casa para atravesar fronteras y anunciar el Evangelio donde todavía no era conocido. Esa misión sigue existiendo. Sigue siendo necesaria. Y merece toda nuestra admiración y apoyo; pero hay otras fronteras que hoy necesitan ser atravesadas. Nuestro lugar de misión quizás está en las redes sociales, en los medios de comunicación, en la política, en nuestras comunidades, en nuestras conversaciones y en la Iglesia. También, dentro de nosotros mismos.
Vivir según la Verdad es llevar la luz de Cristo a las zonas más oscuras de nuestro tiempo; incluso en los recodos de la corrupción, el narco negocio y a todo sitio donde está en juego la dignidad humana. Así, «Conocerán la verdad, y la verdad les hará libres» (Jn 8,32). Y, porque, “la misión nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor” (León XIV).