
Ricardo Millán
El lente del psiquiatra
Conocí a don Antonio por casualidades de la vida. Su presencia se hizo notar de inmediato por esa voz profunda, la tez chamuscada de tantos años de trabajo bajo el sol y la seguridad con que articulaba sus palabras. Sus orígenes, nos contó, eran de piso´etierra y sacrificios innombrables; así es la crianza en la ruralidad de este país. Quizá por eso, algo de esos tiempos de calamidades le habían forjado el carácter, y también un poco de machismo del que no parecía percatarse. Ni importarle. Más adelante explicó que la lectura y el estudio se convirtieron desde temprano en su salvavidas, en el recurso más importante al que echó mano y que mantiene hasta el día de hoy.
Había una especie de sabiduría milenaria en sus palabras, como si cada una de ellas fuera pronunciada por algún antepasado, se hubiera nutrido de las experiencias de las generaciones subsecuentes y desembocara hoy, en su boca, de forma articulada. Existía también orgullo de su casta, de las tradiciones de su pueblo, de la defensa gestada con sudor y sangre. Pero de igual manera conocía el perdón, el arte de dejar atrás el pasado sin aferrarse mucho, seguro de que pasar las páginas mal escritas es la fórmula para vivir en paz, tranquilo.
También habló de los cálculos astronómicos de los antiguos, de cómo, a partir de ellos, se programaban las ceremonias y rituales. Aclaró que no había sacrificios, que esa no era una de las convicciones de su gente. En esos momentos sacaba el pecho, erguía la cabeza, mientras los rayos de luz le daban un brillo elegante, de buen porte.
En algún momento preguntó, como sabiendo que sería él mismo quien daría la respuesta, qué se prefiere entre un libro o unos zapatos, dando a escoger entre el conocimiento y la comodidad, o entre aprender a pescar o el pescado, como decimos coloquialmente. Lo planteaba no desde la tranquilidad que permite que esas elecciones sean nimiedades sin importancia; lo hacía sabiendo que aun a sus casi ochenta su vida sigue sin estar resuelta y que el trabajo es tanto una necesidad económica como el camino para darle sentido a su existencia. Es la forma de seguir siendo quién es, y de trasmitirlo a las siguientes generaciones.
–“Yo me decido por el libro, porque sé que de ahí saldrá para los zapatos” –dijo, antes de que cualquiera de los oyentes pudiéramos siquiera articular palabra. Nos explicó de sus hábitos de estudio, de cómo combina a diario el trabajo con la universidad, de la casa digna en la que vive hace algunas décadas producto de sus esfuerzos. Algo mencionó de cómo logró sacar adelante a sus hijos con esta apuesta.
Durante uno de sus comentarios sobre la historia de su gente, en particular de los conventos, me llamó la atención la coincidencia que había con el libro Del amor y otros demonios, de Gabriel García Márquez. Me remontó a las noches de pasión de Sierva María de Todos los Ángeles y el padre Cayetano Delaura, y la zozobra de sus encuentros en medio de la noche en contra de todo lo permitido. Así se lo hice saber, lo que dio pie a ampliar nuestras apreciaciones sobre ambas historias, desde la perspectiva de cada quien, por supuesto.
Hablamos también de cómo la observación con atención plena fue la clave de una serie de avances y descubrimientos de sus compatriotas. Estar ahí, prestar oídos a todos los estímulos, sacar conclusiones, dejarse envolver por el lenguaje de la naturaleza. Parecía una de esas ciencias que terminan siendo más un arte.
Antonio es un señor orgulloso de su historia, de su vocación por el estudio y el trabajo. Conserva la destreza de un chiquillo, aunque los años no se disimulen en sus arrugas. Cuando nos despedimos, después de un periplo largo durante todo el día, le esperaba una larga fila para tomar su bus, y el regreso a casa, alejada en las montañas, no dura menos de cuarenta minutos más. Pero iba sonriente, satisfecho de haber cumplido con su labor, de habernos impactado positivamente con su narrativa.
Su historia me inspira, y espero que a usted también. Me permitió reafirmar que en los esfuerzos constantes, en la dedicación y en la pasión, están algunos de las principales sazones de la vida. Y que es en historias como esta en donde encontramos los verdaderos ejemplos a seguir.