
Con enorme dolor y fe hago memoria de Solón Chavarría Aguilar. Dolor por su partida. Fe porque sé que está en la Gloria de Dios y que su vida contribuyó a dejarnos una mejor nación.
Lo conocí como un brillante médico joven en Liberia. Eran reconocidas su capacidad científica y su extraordinario ojo clínico, pero también su manera de ser. No atendía a un paciente solo como a un enfermo, sino con el interés y el cariño que merece una persona integral, con todas sus vivencias. Lo hacía con devoción a la vida: la de su paciente y la de todos.
Tampoco le bastaba ser un gran médico. Vivía interesado en el bienestar de sus vecinos, de su aldea natal Santa Bárbara, de Santa Cruz, de Liberia, de Guanacaste y de Costa Rica. Ese compromiso lo llevó a interesarse en la política. Y coincidimos. Para mi bien, gracias a Dios, coincidimos.
Tuve la buenaventura de recorrer Guanacaste con Solón. Era una provincia que ya conocía y quería como ganadero, industrial y agricultor, pero que con él pude penetrar mucho más profundamente en su alma, sus anhelos, sus necesidades y sus frustraciones.
Juntos vivimos derrotas y victorias electorales; gracias a su compañía fueron mejores las alegrías y las tristezas. Fuimos compañeros diputados entre 1990 y 1994. Compartí con él la satisfacción por las leyes aprobadas y la congoja por las que se atrasaban. Su vibrante oratoria orientó e iluminó muchísimas veces el plenario legislativo.
Después sirvió al país en importantes puestos de salud pública, donde fue ejemplo de entrega al bien de sus semejantes. Durante mi gobierno honró a Costa Rica como nuestro embajador en Nicaragua, tarea siempre demandante de capacidad, tacto e inteligencia.
Luego volvió al ejercicio de su amada medicina y lo hizo de manera excepcional en la Clínica Bíblica, que con motivo de su muerte destacó su compromiso con Costa Rica desde la medicina, las letras y el servicio público, y la huella que dejó en la salud, la cultura y el desarrollo del país, especialmente en su querido Guanacaste.
Pero su amor a la vida, al prójimo y a Guanacaste lo impulsó a dar todavía más. Solón fue un ser humano polifacético que nos legó grandes ejecutorias, un maravilloso ejemplo de amor y servicio, e inspiradoras reflexiones.
Fue un escritor prolífico: publicó tres libros y dejó otro muy avanzado. En ellos nos habla de su casa natal, su familia, Guanacaste, la naturaleza, la pandemia y las vacunas, y la profesión médica. También reflexiona sobre las preguntas más profundas que nos planteamos los seres humanos: la vida, la muerte y nuestra razón de ser.
Sus narraciones están íntimamente unidas por sentimientos y valores.
De su primer libro de ensayos, “De la Ciencia a lo Sublime”, en cuya presentación en el Colegio de Médicos institución que presidió tuve el honor de participar, rescato unas frases que retratan esos valores.
Amor: “Creemos que antes de llegar a ser felices hay que amar y permitir ser amado”. Compromiso con el prójimo: “Se mezclaron las lágrimas de la paciente con las mías”. Optimismo: “La cocina tenía piso de tierra, pero se mantenía siempre limpia y ordenada”. Entusiasmo: “A pesar de nuestras limitaciones somos felices porque no tenemos ejército, somos libres y democráticos”. Respeto al conocimiento: “En estos momentos podemos sentirnos muy orgullosos de los científicos”.
Solón tuvo la bendición de una maravillosa esposa, Elsie Víquez, también poseedora de la vocación de servicio al país que heredó de su familia herediana, y de tres magníficos hijos. A ellos renuevo el testimonio de mi gran cariño y gratitud.
