Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
Hace ya muchas lunas, cuando era niño, en la escuela nos decían, como si aquello fuera un mantra, que el agua era “un recurso natural inagotable”. Y la práctica social lo refrendaba: recuerdo con toda claridad cómo durante décadas era natural encontrase en nuestras casas del campo y la ciudad, los tubos de la cocina o de la pila de lavar ropa abiertos a lo largo del día y sin pudor alguno, con un pedazo de trapo pegado al grifo para que el agua no salpicara demasiado. Fueron aquellos unos años de absoluta irresponsabilidad ambiental, y no sólo en lo referido al agua potable: también en los buses había carteles aconsejando a pasaje “ser educados y tirar la basura por la ventana”, o en los bancos que prestaban plata para arrasar la montaña y habilitar las fincas para la ganadería extensiva. Algo han cambiado las cosas desde entonces. Algo, pero no lo suficiente.
Dos noticias de estos últimos días son sobrecogedoras. La primera, del Estado de la Nación, revela cómo Costa Rica ya entró en una dinámica de sequía endémica que está volviendo áridos a varios cantones del país. Y se dice árido para no asustar, porque la provincia de Guanacaste, en donde ese fenómeno se presenta con más fuerza, ya tiene lugares en donde lo que se mira a simple vista es una desertificación en marcha. Con temperaturas que superan los 40C en verano, y enfrentando ya no sólo la sequía que desde siempre ha sido parte de los ecosistemas del área, sino una presión constructiva creciente que no repara en desarrollarse sin mesura ni controles, la situación alcanzará muy pronto -aunque ya es una realidad cotidiana para miles de sus habitantes- una condición de emergencia catastrófica mayor.
La segunda noticia, terrible y paradójica habida cuenta de que el fenómeno descrito arriba es más crítico en, pero no exclusivo del Guanacaste, es que entre fugas, descuidos, robos, ruptura de cañerías, contaminación y otros factores que no se pueden atribuir a causas naturales, en Costa Rica, aunque sea difícil de creer, se pierde el 50% del agua potable. Es decir, que aunque hayan pasado por suerte los años del tubo con un trapo, peor estamos habiéndose duplicado la población, intensificado el cambio climático, aumentado la marginalidad urbana e incrementado el precio del líquido entre otros factores asociados a la mala gestión del agua. Y no solo en lo que concierne al consumo humano, sino también a su tratamiento a lo largo de todo su ciclo natural.
Es decir, desde su extracción de las fuentes hídricas, hasta su devolución, ya tratada y limpia, al entorno.
Evidentemente, lo más fácil siempre ha sido achacarle la culpa al Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados, a las ASADAS, a las municipalidades y a cualesquiera entidades públicas encaradas de la gestión del agua. Es natural y no deja de ser correcto ubicar allí la crítica mayor. Eso lo digo por conocimiento propio y porque esa institucionalidad, a veces mal liderada, ha realizado a pesar de sus pecados, muchas, grandes y muy notables acciones de control y mejoramiento de sus políticas para beneficio de la gente. Eso también me consta y lo agradezco. Pero lo que me resulta claro es que ante el drama que vivimos, poco podrá hacer la oficialidad si la gente que se ve afectada por la escasez de agua, no asume su responsabilidad y no cambia radicalmente su comportamiento en el uso y cuido de ese recurso vital. La responsabilidad no es menor, y parte de un supuesto inexorable: el agua es un recurso que se puede acabar.