Adiós 2017

A dos meses de la Navidad, este año se me escurrió entre los dedos a una velocidad vertiginosa. Desconozco si será que el tiempo ahora es más corto, si mis ocupaciones me tienen tan absorta preparando cosas que no lo siento transcurrir, o si consistirá en que conforme me acerco cada vez más a cruzar […]

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A dos meses de la Navidad, este año se me escurrió entre los dedos a una velocidad vertiginosa. Desconozco si será que el tiempo ahora es más corto, si mis ocupaciones me tienen tan absorta preparando cosas que no lo siento transcurrir, o si consistirá en que conforme me acerco cada vez más a cruzar el río Aqueronte atisbando al huesudo barquero de Hades, las horas se convierten en minutos y estos en segundos. Lo que sí sé es que de hoy en dos meses estaremos a una semana del 2018 y si no me detengo en este instante a hacer un rápido recuento de lo vivido desde el 1 de enero hasta hoy, probablemente las últimas hojas del calendario darán vuelta sin que logre pescar unos minutos de sosiego para hacerlo.

Así es… parece una locura, pero es verdad. Y tan es así, que el sábado pasado me comí mi primer tamal. Sí, también me sorprendí pero fue atinado de parte de la anfitriona el reunir a un grupo de amigas para comernos un tamalito antes de que comiencen las carreras de diciembre, que harían prácticamente imposible sentar alrededor de la misma mesa a cinco mujeres que dividen sus ajetreadas agendas entre la familia, una tonelada de trabajo diario y los quehaceres propios de cualquier persona. Así que nos dimos la oportunidad de arreglar el mundo por un rato en medio de aquellos olores típicos de la época navideña, entaconadas y arregladas, como si de pronto la puerta la casa pudiera abrirse para la entrada triunfal de cinco príncipes de cuento de hadas.

Y fue en esa reunión que caí en cuenta de uno de mis mayores aciertos en los últimos diez meses llenos de sube y bajas, curvas peligrosas y suaves planicies, y que le cuento por si le es de utilidad. Este año aprendí a quererme como nunca lo había hecho, a disfrutar de mi presencia, a gozar con el silencio y mi paz interna. Comprendí que el reflejo en el espejo me devuelve a una mujer maravillosa llena de virtudes y defectos que – como dirían por allí – ya pasó “por donde asustan”, que tiene la piel curtida y repleta de rayas como un tigre de bengala, y que no podría ser más brillante, decidida, valiente, obstinada, resiliente o feliz.

Este año me regaló oportunidades de intenso trabajo y de profundo ocio; espacios para amar y para cortar; momentos para reír a carcajadas y otros para llorar. Fue un año en el que bailé cuando quise y cuanto pude, canté hasta asustar a los vecinos, compartí con los míos hasta agotarlos, madrugué cada mañana para aprovechar al máximo los momentos, retomé estudios, devoré libros, abracé sueños y le di rienda suelta a mis posibilidades laborales y personales; así que aunque aún no termina, lo despido con el mismo entusiasmo con que lo recibí y desde ya estoy peinada, perfumada y preparada para comenzar a descubrir los enigmas y sorpresas que el 2018 traerá para regalarme. Después de todo, soy una optimista empedernida y tengo la certeza de que lo mejor está por llegar. Feliz martes a todos.