Academia, política y empresariado: Una reflexión personal

Miguel Ángel Rodríguez Expresidente de la República

Academia, política y empresariado aparecieron en ese orden en mi vida laboral, pero por muchos años viví simultáneamente como profesor universitario, como militante político y como empresario.

No fue solo la simultaneidad en el tiempo lo que unió esas actividades. Mucho más importante para mi fue la manera como se complementaron.

Por eso agradezco profundamente a Dios la riqueza de roles que me ha permitido desempeñar.

El lunes recién pasado gracias a una gentil invitación del Sr. Rector Dr. Carlos Araya tuve el privilegio de impartir una conferencia en la UCR sobre el papel de democracia, academia y ciudadanía en el futuro de nuestro querido país. 

Estoy muy honrado y agradecido porque en esa ocasión recibí de mi Universidad de Costa Rica un reconocimiento por mi labor como Catedrático de la Escuela de Economía entre 1963 y 2017 y por mi compromiso con el fortalecimiento de la educación superior pública costarricense.

Pero además esa generosa oportunidad me movió a recordar como en mi vida se han hilvanado esas tres vocaciones y lo importante que ha sido la posibilidad de transitar esos diversos caminos. 

Desde muy niño motivado por Mamama, mi abuelita materna Lupita Velazquez de Echeverría, estuve interesado en los asuntos públicos. Mis padres de clase media en un hogar maravilloso, pero donde nunca hubo un automóvil, eran más bien reticentes a la política.

Movido por ese interés ya en mi adolescencia asistía al bello Palacio Nacional a escuchar los debates de la Asamblea Legislativa, y antes de cumplir 18 años tuve ocasión de realizar en Esparza mi primer discurso de Plaza Pública durante la campaña en la que triunfó don Mario Echandi.

En ese año inicié mi transitar por la UCR disfrutando del segundo año en que operaba la reforma universitaria que estableció los estudios generales. Pude entonces disfrutar de la sabiduría de los profesores extranjeros de gran calidad que habían sido contratados para establecer ese cambio en los programas de estudio, así como de magníficos profesores costarricenses. 

Ya en mi segundo año inicié simultáneamente las carreras de derecho y economía y al terminar la licenciatura en economía que duraba un año menos que derecho, empecé mi carrera laboral académica dando clases en el entonces Departamento de Economía, hoy Escuela de Economía, de la UCR y laborando en las tardes en el Instituto de Investigaciones Económicas. Simultáneamente terminé por las mañanas mi Licenciatura de Derecho. Ya en setiembre de ese año con una beca nos fuimos Lorena, esperando el nacimiento de Miguel Alberto, y yo a obtener mi doctorado.

Ganó en 1966 don José Joaquín Trejos la elección presidencial y don Alberto Di Mare, mi gran maestro, fue nombrado Ministro Director de la Oficina de Planificación. Así comenzó mi vida laboral como político cuando acepté correr a terminar mi tesis doctoral y venirme a servir como segundo de Don Alberto, invitado a participar en el Consejo de Gobierno.

A mi regreso al país volví a dar clases en la UCR. Se unieron política y academia. Al terminar el período presidencial debía proveer para Lorena y nuestros hijos Miguel Alberto y Andrés. Y dio inició mi carrera en el sector empresarial. Seguí dando clases y participando en las actividades de los partidos políticos. Se unieron academia, política y empresariado.

En cada campaña política participaba ayudando en programa de gobierno y en otras tareas, y seguía dando clases. Incluso alcancé la posición de catedrático. Las tareas empresariales fueron en esos años las más demandantes. Después vendrían años de mayor concentración en actividades políticas. 

A partir de 2006 la academia fue la actividad predominante, a la par que mi larga defensa ante indebidas acusaciones.

¿Por qué comparto esta síntesis de mi vida laboral?

Porque cada una de esas ramas fue esencial para el desarrollo de mi visión del mundo y el trabajo en la presidencia. La academia me enseñó la importancia del conocimiento, lo limitado que es, la necesidad de buscarlo siempre. La política me mostró descarnadamente los peligros del poder, la necesidad de consciencia de esos peligros y de límites institucionales y la bondad de nuestras gentes. La empresa me marcó con las dificultades prácticas de la producción, las angustias de la responsabilidad empresarial y lo esencial del trabajo y de la innovación.

Y todo ello he tenido la gracia de Dios de vivirlo enmarcado en mi fe católica que me ha enseñado que el amor es indispensable. Lo recuerdo para estimular a nuestros jóvenes a buscar la excelencia en la academia, en la política o en el mundo del trabajo y del emprendimiento. En cada uno de ellos se puede aprender a mejorar y se puede servir a nuestros conciudadanos. Pero siempre es conveniente oír y aprender de quienes están en los otros campos de brega.

Cada uno de ellos nos permite ser felices sirviendo a los demás en medio de nuestras dificultades, carencias y fracasos.