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Opinión

Redimir con Cristo

Juan Luis Mendoza

Del padecer con Cristo saltamos al redimir con Cristo. Y lo hago citando una vez más en esta serie al Padre Larrañaga: “Ahora bien, el cristiano que sufre, asociado al dolor de Cristo y en unión con Él, no encuentra sólo consuelo en la tribulación, sino que completa lo que falta a los padecimientos del Señor. Debido a esto, podemos hablar del carácter creador del dolor cristiano. Es decir, el que sufre en silencio y paz, como Jesús y por Jesús, no confiere solamente al dolor un sentido sino también una utilidad dinámica y fecunda. La conclusión salta a la vista: si Jesús redimió al mundo aceptando silenciosamente el dolor, todo cristiano que se asocie a ese dolor con su propio sufrimiento participa del carácter redentor de Jesús. Redime junto a Jesús”.

Es así. El sufrimiento de Cristo, aceptado con amor como algo que el Padre permite ha generado un bien sumo: la redención del mundo. Y, aunque es verdad que ese bien es infinito y ningún ser humano puede agregarle nada, sin embargo, Jesucristo ha querido dejar abierto su propio sufrimiento humano, a condición de que se asuma, como él, con amor. La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, está constituida por él, su cabeza, y por todos los bautizados, sus miembros. Y en ella, como se ha dicho, “ganamos en común y perdemos en común, a semejanza de entre los miembros de un mismo cuerpo. “Dado este misterio, concluye el Padre Larrañaga, tú no puedes preguntar: ¿por qué tengo que sufrir yo las consecuencias de los pecados de un drogadicto o de un estafador de otro país? ¿Qué tengo que ver con ellos? Sí, tengo mucho que ver porque todos los bautizados del mundo estamos misteriosamente intercomunicados. Si ganas tú, gana toda la Iglesia, si pierdes, pierde toda la Iglesia”.

Esta doctrina nos remite a la del profeta Isaías sobre el Siervo de Yahveh, figura de Cristo, sobre cuyos hombros el Señor cargó todos nuestros crímenes, herido por los delitos de su pueblo, víctima de nuestros pecados. El Siervo, pues, sufre por los demás, ocupa el lugar de los pecadores, asume el sufrimiento que habría de haber recaído sobre ellos. Sus cicatrices de la pasión y muerte nos curan al expiar los pecados ajenos, dentro de una solidaridad, instintiva y connatural, para con la humanidad doliente y pecadora. Otro tanto en nosotros con respecto a los demás, al padecer con Cristo.

Aún he de insistir en el tema, Dios mediante, otro día.

PERIODISTA: Redacción Diario Extra

EMAIL: [email protected]

Sábado 14 Mayo, 2022

HORA: 12:00 AM

CRÉDITOS: Juan Luis Mendoza

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