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Opinión

Cultura y promoción de los derechos de los niños

Gloria Bejarano Almada / Tinta con Sentido

Se cumplen 30 años de la aprobación de la Convención de los Derechos de los Niños. Como nunca antes en la historia de la humanidad se avanzó en la defensa de la niñez y si bien es cierto hoy existe mayor conciencia sobre las necesidades y las carencias que sufren los niños y adolescentes, no hemos logrado establecer una verdadera cultura de respeto alrededor del mundo. Millones de menores siguen siendo víctimas de atroces violaciones a derechos fundamentales como la vida, la seguridad, la salud y la educación. 

El reto, entonces, sigue siendo el mismo, crear una cultura de respeto a los derechos de la niñez en todas las naciones, lo cual nos plantea una interrogante: ¿cómo hacer que esa cultura universal responda a la idiosincrasia y cultura particular de cada pueblo para que permee, se arraigue y se ponga en práctica?

La respuesta está en la educación no solo de los niños, a quienes se les ha instruido en sus derechos, sino primordialmente de sus padres, maestros y autoridades, que tienen la obligación de tomar las acciones necesarias para que las medidas concernientes a la protección de los menores se apliquen en toda su extensión.

Los adultos deben comprender que los derechos no son un simple listado de obligaciones en favor de los menores, elegidos en forma antojadiza; cada derecho tiene una razón ser y todos están pensados para que cada niño viva y desarrolle sus aptitudes, con pleno aprovechamiento de sus potencialidades, que les permitan convertirse en un ser humano pleno, capaz de ejercer responsablemente los derechos que les asisten, atendiendo a sus obligaciones y respetando los límites que conllevan.

Vivimos en un mundo convulso, en el que se confunden con frecuencia los privilegios con los derechos y se exige respeto, pero se pasan por alto las obligaciones y los derechos de los demás. Niños y jóvenes merecen claridad por parte de quienes los educan y eso solo es posible cuando los adultos somos congruentes y honestos al momento de ejercer nuestros derechos.  

Padres, educadores y autoridades no siempre alcanzan a dimensionar la razón por la cual un derecho fue seleccionado como básico o elemental dentro de la Convención, de ahí que les resulte difícil asumir con plenitud la responsabilidad que les atañe en su implementación.

Tomemos como ejemplo el Derecho al Juego. El juego no solo es diversión y esparcimiento, es desarrollo de habilidades para la vida y destrezas físicas e intelectuales para su crecimiento personal. Es aprender a ser tolerante y respetuoso con tu oponente; es saber asimilar las derrotas y ser humilde al celebrar los triunfos; es aprender a trabajar en equipo, a sociabilizar, a ser inclusivo y a aceptar las decisiones de las mayorías. Es entender que hay reglas que respetar y compromisos que cumplir. Es aprender a vivir en comunidad y a construir mejores relaciones.

Los pequeños necesitan jugar y no lo están haciendo por diferentes razones, que van desde estar atrapados en medio de conflictos armados hasta vivir sin espacios donde jugar al aire libre, pasando por el exceso de clases extracurriculares o la falta de acompañamiento, producto de la realidad laboral de sus padres. Y si a esta realidad se suma que el deseo de los niños de jugar es contenido y administrado a través de teléfonos celulares y iPad, con los que se busca mantenerlos entretenidos, las consecuencias son devastadoras. Cada día surgen más llamadas de atención sobre los efectos dañinos en el desarrollo físico y neurológico de los menores que han dejado de jugar para sentarse horas frente a los monitores.

La Organización Mundial de la Salud señala que la obesidad infantil y juvenil muestra niveles de epidemia. En Costa Rica 3 de cada 10 niños son obesos y las autoridades de Salud advierten sobre un aumento en la presencia de diabetes 2 e hipertensión. En el caso que nos ocupa el adulto no valora como violación del derecho al juego y el consecuente deterioro en la salud del menor porque no logra ver la relación entre sí.

Uno de cada 5 niños tiene problema de salud mental; se ha detectado un aumento del 43% en el trastorno de déficit atencional e hiperactividad, un 37% en la depresión de los adolescentes, así como un 200% en la tasa de suicidios en niños entre 10 y 14 años. Los expertos señalan como causa probable el hecho de que los niños son por un lado sobreestimulados con dispositivos electrónicos, sobremerecidos porque creen que solo sus derechos cuentan y sobrerregalados con objetos materiales, pero que se les está privando de los fundamentos de una infancia sana, entre ellos saber que existen límites, contar con padres emocionalmente presentes, tener acceso a una interacción social y oportunidad de juego creativo, preferentemente no estructurado y al aire libre.

Así como el derecho al juego debe ser redimensionado, toda la Convención debe ser analizada a la luz de una realidad diferente a la que sirvió de marco para su promulgación. Los derechos están íntimamente entrelazados y el incumplimiento de uno afecta a los menores de formas que ni siquiera sospechamos. Oír a los niños y adolescentes con atención, escuchar sus reclamos y trabajar con ellos, nos permitirá implementar medidas y acciones que conduzcan a la establecer esa cultura de respeto a los derechos de los niños que tanto necesitamos.

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Sábado 07 Diciembre, 2019

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