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Opinión

Egocentrismo presidencialista

Hay una característica de nuestro sistema político presidencialista que debemos traer de nuevo a colación, debido a que se halla muy ligada a una psico-sociopatía que abunda entre nuestros políticos y que cada día vemos despuntar con más y más fuerza.


Se trata del egocentrismo político derivado y reforzado por la tradición del presidencialismo, un régimen que empata bien con otras tres tradiciones muy ticas y latinoamericanas, por lo cual no somos allí excepción.


Primero, tenemos el personalismo o exaltación del individuo como eje y asiento supremo del poder, tan sobresaliente en la historia cultural y política hispánica; y que ha llevado a hablar de actores y actoras políticas que, aparte de ser figuras vanidosas, se sienten como si fueran “supremos mundos en sí mismos”. En segundo lugar, aparece el liderazgo, mal concebido como fenómeno personal engendrado por cualidades innatas; y que, según algunos, puede asumir tal fuerza y ascendiente que es capaz de imponerse y subyugar a naciones y pueblos al punto de que ni la sociedad ni la cultura pueden controlarlo, y menos erradicarlo. Y tercero, como si fuera ya poco, irrumpe por el mismo camino de esos dos síndromes anteriores la figura magnificada del “Caudillo”, del gran conductor; y quien haciendo gala de su influjo personal y capacidad de liderazgo, une ambas cualidades a las de su propio carisma.


Como bien lo dice el escritor Alcides Rodríguez, de esa combinación de síndromes surgió toda una tradición. En sus palabras:


“Esta ´tradición`, que apenas había incorporado algo de la ´civilización de la ilustración y la Era de la Razón`, alimentaba el egocentrismo, el personalismo y el integrismo del hombre hispanoamericano aún después de roto el vínculo con la metrópoli peninsular. [Las nuestras] eran sociedades completamente atomizadas, en donde cada hombre era una república en sí misma. Su organización era posible en el momento en que cada una de estas repúblicas individuales lograba conformar una suerte de ´confederación`, cuya unidad se mantenía gracias a una masiva transferencia de lealtad política depositada en las manos de un liderazgo personal fuerte e indiscutido. Este era el mundo en donde el caudillo personalista cobraba vida y fortaleza.”


Ahora bien, el carisma o liderazgo carismático no debe entenderse como si fuera un don innato, enraizado en los genes del individuo predestinado a mandar, sino más bien como una cualidad psico-sociológica especial, desprendida de la creencia de los admiradores y seguidores del caudillo de que el “Gran Jefe” está en posesión de cualidades sobrenaturales de mando, que lo elevan a la condición de un héroe ungido y protegido por poderes del más allá, ante los cuales no queda otro remedio que dejarse arrastrar por ellos y por el brillo la personalidad del caudillo, para no decir su “magia personal”.


Y es que, valiéndose precisamente del carisma, este personaje se encarga de establecer un vínculo cultural con la tradición muy cercana, en tiempo y espacio históricos, del absolutismo de los monarcas, que prácticamente hacía a éstos depositarios del poder divino, por tanto, supremo e incuestionable.


Engendro monárquico. Por la anterior razón, muchos estudiosos de este presidencialismo -que ya tiene larga data y que se halla plasmado en todas las constituciones hispanoamericanas (la nuestra incluida)-, lo relacionan directamente con la teoría y práctica de las viejas monarquías absolutas, donde ahora el presidente es quien asume el papel supremacista del antiguo e insuperable “Soberano”.


Ayudado por el personalismo y el liderazgo carismático que desarrollaron nuestros caudillos políticos y militares a lo largo del siglo XIX, el régimen presidencialista no solo fue y sigue siendo un engendro monárquico. Es, además, un caldo de cultivo muy propicio para la entronización del síndrome del egocentrismo político; una enfermedad a la cual deberemos poner mucha atención en nuestros próximos análisis de la situación política nacional, ahora que nos hallamos en plena campaña electoral.


Pues, en efecto, estamos sumidos en un trance donde a todas luces han sido superados los grandes esfuerzos por desterrar el personalismo y el caudillismo mediante la formación de partidos ideológicos, doctrinarios y permanentes. Esfuerzos aquellos donde sobresalieron figuras políticas e intelectuales de gran calado. Baste mencionar las de Rodrigo Facio Brenes y otros dirigentes del “Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales”, allá por los inicios de la década de 1940.


Luego de abrazar ideas de la socialdemocracia y del liberalismo europeo y estadounidense, todos esos jóvenes creían que los inestables y oportunistas partidos personalistas de la vieja República Oligárquico-Liberal y apuntalada por la Constitución de 1871, debían pasar al cementerio de la historia. Ello era precondición para desterrar los vicios de la dedocracia y la plutocracia, y evolucionar hacia una democracia avanzada, donde los partidos políticos estuvieran por encima de las personalidades individuales y de los poderosos grupúsculos de interés, dominantes en el escenario de aquella República. Juzgue usted si se logró colmar la loable aspiración.


Ya veremos lo que pasó y dónde estamos en esta encrucijada, en la cual han reaparecido las condiciones favorables para una inusitada resurrección del caudillismo y el egocentrismo políticos; haciéndolo como el Ave Fénix, de las cenizas de todos aquellos quienes soñaron con su total destierro de nuestro medio.


*Sociólogo

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Martes 17 Septiembre, 2013

HORA: 12:00 AM

CRÉDITOS: Por: José Luis Vega Carballo

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