Aún hay esperanza
Prof. Julio Vindas Rodríguez*
Reza un dicho -muy sabio- de nuestros abuelos que: “no hay mal que por bien no venga”; y ya estamos viendo cómo esto también se aplica a las actuales circunstancias con la aparición de la pandemia del Covid-19 paralelo a la elección de un nuevo presidente, aunque a primera vista parezca “que entre todos los(-as) candidatos(-as) no hay cara en qué persignarse”. Sin embargo la misma historia nos ha demostrado que ha sido precisamente a partir de las grandes crisis sociales, las inevitables tragedias y catástrofes naturales y los grandes dramas humanos, de donde a menudo renace, renovado y altruista, ese sentimiento de solidaridad y de apoyo mutuo en lo más profundo de las convicciones de un pueblo como el nuestro; con una tradición de natural desprendimiento y humilde gratitud; aunque tengamos que reconocer que esas virtudes, en la actualidad, han desaparecido prácticamente de la cotidianeidad en la vida del costarricense.
Hace apenas unas cuantas décadas atrás, la sociedad costarricense aún gozaba de una noble y dignificante herencia de cimentados valores de solidaridad, transparencia, generosidad y desinteresada entrega, que nos legaron nuestros abuelos y bisabuelos (casi siempre campesinos); y que hicieron de este país un baluarte y ejemplo de una sociedad, que a pesar de pobre y agobiada por todo tipo de carencias, fue capaz de compartir “lo poco que tenía”, así como sus pequeñas y grandes conquistas. Era el tiempo cuando el costarricense “pata pelada” era capaz de quitarse “el bocado de los labios” para compartirlo con su semejante, cuando “el pelo de un bigote” era suficiente, para sellar “de palabra y con honor” un trato o un negocio, aunque estuvieran en juego muchos miles de millones de colones de por medio; el tico “labriego sencillo”, el ciudadano humilde y “campechano” (y a menudo iletrado) de aquellas épocas, siempre fue un dechado de generosa bondad para con sus hermanos del pueblo; nunca buscaba “joder” al otro ni actuar en su propio beneficio, ni sacar provecho de nada ni de nadie; tal vez no sabría leer ni escribir, pero el ser consecuente con sus principios, siempre se reflejó en su “idiosincrático” ADN, que más que en su sangre, llevaba estampado en su corazón, como consecuencia de los principios y valores que había recibido en el seno de su hogar desde la más tierna infancia; ese ADN del que hoy ya casi no queda ni rastro en esta extraviada sociedad costarricense.
Es por eso que las cercanas y próximas elecciones, más que escuchar -a menudo- imposibles promesas de los(-as) candidatos(-as), deberíamos más bien analizar quién cuenta con el temple moral y ético (sin rabo que le majen), para fortalecer los valores que practicaron los ticos en otras épocas, pero con honestidad, transparencia y valentía, y no “demagogos de pacotilla” que bajan hasta las estrellas con tal complacer su ego enfermizo de poder.
La democracia no solo se expresa con el derecho al voto, sino, ¡Y MÁS IMPORTANTE!, con la exigencia como pueblo soberano al futuro gobierno para que cumpla sus promesas; solo así dejaremos de vivir ajenos a la diáfana solidaridad que por muchas décadas nos hizo libres, conectados en un solidario apretón de manos; reivindicadores de todo lo justo y bueno; y que hoy, en medio de oscuros nubarrones, con mayor urgencia urge rescatar.
*Poeta y músico
PERIODISTA: Redacción Diario Extra
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Sábado 29 Enero, 2022
HORA: 12:00 AM