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Opinion

Otra educación religiosa: provocaciones del papa Francisco

“Profe, yo soy ateo”. Durante las clases de educación religiosa, afirmaciones como esta por parte de estudiantes en clases de Religión se han vuelto cada vez más frecuentes en Costa Rica. Las reacciones por parte de docentes han sido diversas: desde tratar de convencer o convertir a quienes las expresan, hasta ignorarlos o, incluso, silenciarlos.

Un estudiante ateo no tiene lugar en una clase de religión confesional y eventualmente, es excluido del sistema de educación pública por su posición religiosa. Situación similar ocurre con las personas estudiantes que no se adscriben a una confesión religiosa determinada, sino a espiritualidades propias, como personas indígenas, afrodescendientes y asiáticos.

En Costa Rica, durante ochenta años ha existido una educación religiosa confesional; esta presupone la adhesión a una determinada religión o, bien, se promueve la afiliación religiosa. Ese era el tipo de educación religiosa propio de estados en los que la Iglesia católica mantenía (o mantiene todavía) una fuerte influencia en los asuntos públicos.

Hoy, es el mismo papa Francisco el que pide una nueva relación entre educación y religión. Con ocasión del Pacto Educativo Global, el 5 de octubre de 2021, el pontífice afirmó lo siguiente: “La educación nos compromete a no usar nunca el nombre de Dios para justificar la violencia y el odio hacia otras tradiciones religiosas, a condenar cualquier forma de fanatismo o de fundamentalismo y a defender el derecho de cada uno a elegir y actuar según su propia conciencia”.

Opina Francisco que, si en el pasado, en nombre de la religión se discriminaron diferentes minorías, hoy “la educación nos compromete a acoger al otro como es, no como yo quiero que sea. Como es, y sin juzgar ni condenar a nadie”.

Anteriormente, en la encíclica Fratelli Tutti, el mismo Francisco había lanzado la siguiente invitación: “Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos”.

Igualmente, en el año 2019, en Japón, había comunicado este mensaje a los jóvenes: “el futuro no es monocromático, sino que es posible si nos animamos a mirarlo en la variedad y en la diversidad de lo que cada uno puede aportar. ¡Cuánto necesita aprender nuestra familia humana a vivir juntos en armonía y paz sin necesidad de que tengamos que ser todos igualitos!”.

Valorar la diversidad y educar en y para el encuentro y la convivencia es lo propio de la educación en general; debería ser, igualmente, un compromiso de la educación religiosa en particular. Separar a estudiantes y docentes en clases de religión confesionales es una contradicción. Fue precisamente esto lo que aprobó el Consejo Superior de Educación, mediante el acuerdo 24-2017, por el cual solicitó al Ministerio de Educación elaborar nuevos programas de educación religiosa, en dos etapas: confesional (educación general básica), y ecuménica o ecléctica (educación diversificada).

Seguimos afirmando que al Estado costarricense no le corresponde enseñar religión, pues esa es tarea de las iglesias o comunidades de fe que tienen sus propios espacios para hacerlo: catequesis, escuela dominical, grupos bíblicos y otros entornos pastorales.

La actual educación religiosa costarricense debe convertirse en una oportunidad para aprender a convivir y valorar la diversidad de convicciones y de culturas religiosas de la humanidad. Es necesario explorar en estas sabidurías ancestrales motivaciones para caminar en la búsqueda de respuestas a los múltiples retos que la realidad nos presenta: creciente pobreza y exclusión, olas migratorias, crisis ambiental, guerras, hambrunas, marginación y destrucción del tejido social, entre otros desafíos. La educación religiosa debe estimular el diálogo y la construcción de puentes, más que la separación mediante paredes escolares, como lo plantea el acuerdo 24-2017 del Consejo Superior de Educación.

La educación religiosa debe privilegiar la pedagogía del diálogo y de la escucha. Estudiantes y docentes están allí no porque quieren recibir o transmitir una doctrina religiosa, sino porque quieren aprender y convivir gracias a la diversidad de creencias: una diversidad que es posible reconocer tanto dentro como fuera de las aulas y que aporta valores necesarios para poder transitar por una época difícil como la actual. A este mundo en crisis le vendría muy bien inspirarse en el amor, la esperanza, la solidaridad, la ternura y el cuidado por los seres más vulnerables y acoger y consolar a quienes sufren necesidades materiales y afectivas.

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Jueves 06 Enero, 2022

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