La enfermedad y la muerte
Juan Luis Mendoza
Entre las piedras del camino a las que me referí de modo general, en un escrito anterior, están la enfermedad y la muerte. Con respecto a la primera, afirma el Padre Larrañaga que “el mal de la enfermedad no es el dolor físico sino la perturbación anímica”. Usted puede tener cualquier mal de índole física, pero si no piensa en él, no sufre o casi nada. Nuestro autor añade: “Esta es la senda de la sabiduría: una vez que el hombre ha hecho y está haciendo todo lo posible por vencer las enfermedades, debe deponer toda agresividad en contra de ellas, no irritarse contra ellas, soltar los nervios y tensiones, tranquilizarse, no entrar en enemistad con ellas sino dejarlas en paz”. Y añade: “Y si, de todas formas, la enfermedad le va a acompañar porfiadamente a lo largo de sus días que no sea en condición de enemiga sino de hermana y amiga, la hermana enfermedad”.
Yo mismo he escrito un libro con un título significativo: “El bien de la enfermedad”. Algo que se puede aplicar a cualquier otro mal de acuerdo al dicho “No hay mal que por bien no venga”, y también otro libro “El lado bueno del dolor” porque, en efecto, todo mal ofrece algún aspecto bueno visto desde la fe, desde la permisión de Dios nuestro Padre y la posibilidad de convertir ese mal en bien. “Aún los pecados”, que afirma san Agustín, gran pecador y gran santo.
¿Y qué decir de la muerte? La sentencia del Padre Larrañaga: “El morir es, ni más ni menos, un concepto subjetivo y relativo, simplemente un acabarse”. No obstante, es el hecho que el ser humano reviste de amenazas y destrucción, y de lo peor en todos sus aspectos. Y, claro, cuanto más se piensa en ella más se la teme y cuanto más se le teme más se la engrandece, resiste y sufre. El mismo Padre Larrañaga observa que “ninguna realidad del mundo encuentra tanta resistencia en la mente como ella y, por resistirla de esa manera, la transformamos en el enemigo por antonomasia de la humanidad y, por ende, soberana del mundo; y crece en la medida en que se la rechaza”. Al contrario, se puede afirmar que un animal, por feroz que sea, no muere porque no se resiste, ni agoniza por lo mismo: agonía es lucha en contra de…
Aún he de volver sobre el tema de la muerte. Por hoy cierro el escrito con esta advertencia de nuestro autor: “El problema principal de la humanidad no es cómo eliminar la muerte, que no se la puede eliminar porque todo lo que comienza acaba, sino cómo transformarla en una hermana, en una amiga. Y nosotros ya sabemos qué hacer: dejarse llevar”. Hay que insistir en ello, y lo haremos otro día, Dios mediante.