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Opinion

Jorge Debravo en el bicentenario de Centroamérica

Óscar Cruz*

Jorge Delio Bravo Brenes, la voz humanista, poderosa y llameante; incandescente cual sempiterna tea que lo consume todo a su alrededor, aun hoy en día. Jorge, nuestro poeta mayúsculo al que recurrimos ante el ahogo social, la desolación humana o los trajines de la vida es, también, a quien frecuentamos cuando el amor, la tierra y la ancestralidad azota nuestras pieles con sus látigos que abrazan los gajos de nuestras carnes y huesos. Jorge, nuestro Jorge Debravo, ese hombre mítico que logró estampar su nombre con letras doradas en el celaje de las letras costarricenses; y quien tuvo tal trascendencia como ser humano y poeta que, incluso, el Día Nacional de la Poesía en Costa Rica se origina gracias a su natalicio. 

Al igual que John Keats, Heinrich Von, Freddy Mercury, Nino Bravo o un José Capmany, -este último también costarricense-; la vida de nuestro poeta fue corta como la de un cometa que momentáneamente deslumbra a su paso con su estela y, sin embargo, intensa, extraordinaria y prolífica en todas sus formas. Nació en Turrialba, San José, en 1938. Según nos describe el escritor Adriano Corrales: “De origen campesino y proveniente de una familia de agricultores pobres” (Corrales, Adriano. 2014). Pero tanto alcance tuvo su obra que aún hoy los poetas ticos desearían pisar sus peldaños, mientras, otros, quejumbrosos ante la figura ya mítica y consolidada de nuestro hermano mayor, se lían o disputan contra su poesía pues el galillo no les alcanza para esas notas agudas de nuestro célebre poeta (aquí recomiendo a sus detractores la lectura del poema “Oda a la crítica” del poemario Odas Elementales, Pablo Neruda).

He llegado a pensar que quienes más se intrincan contra el poeta, y su obra, son algunos académicos que desde su ojo de mezquinos centinelas, no toleran el reconocimiento a un grande que no obtuvo título universitario alguno a causa de su muerte precoz. Olvidan, por ahí, que ya nuestro príncipe de las letras caminaba en ello, pues, a duras penas y después de su trabajo, frecuentaba clases vespertinas en la Universidad de Costa Rica. 

Según se cuenta, nuestro baluarte sufrió el deceso a causa de un conductor ebrio. Curiosamente, su muerte, de ese modo tan aparatoso, se ve impregnada de simbolismos… Así, la cultura de las letras, del conocimiento noble y el arte, se enfrentó a la arrolladora cultura que carga consigo la velocidad, la diversión y la embriaguez; y nos ganó, nos “molió” entre sus llantas junto a nuestro titán, pues ella es transportada por toda una maquinaria dispuesta a asesinar la mínima muestra de lucidez o el nimio asomo de valía de cualquier erudito. A esa masificación social promovida por los medios más importantes del país es a quien debemos nuestra arraigada ignorancia y la supremacía de ciertas prácticas culturales y mediáticas por encima de otras. 

Ahora bien, volviendo a lo nuestro, pues el motivo primordial de este artículo no es la queja social, sino la de enaltecer su figura, resulta que una vida tan llena de luminiscencia como la suya y, ante todo, del poder transformador en su excelso mensaje, hizo que este no pasara inadvertido para nadie pues era avasallador, como bien apuntó el exministro de cultura, Manuel Obregón López: “Señaló la necesidad de rescatar todo lo que podemos entender por identidad nacional, lo que somos como historia, como proyecto político, como pueblo que ha luchado permanentemente por la justicia y la paz” (Debravo, Jorge. Prefacio de Manuel Obregón, 2013). 

Y su poesía, hecha para todos los estratos sociales no cayó en lo populista, pues él mismo temía una poesía sin mensaje y sin contenidos humanos. Para la época en que caminó entre nosotros, en palabras del escritor Carlos Francisco Monge, “la poesía social contaba con un escaso desarrollo (…) y él no fue un poeta ni militar ni militante (…)”. De ahí podemos interiorizar que su preocupación por la fraternidad entre la humanidad fue genuina y no perseguía más que sus propios ideales como ser humano. 

De este modo, bajo la consigna de que su mensaje de confraternidad siga adentrándose en el interior de nuestra idiosincrasia costarricense, se decidió, por votación unánime, que su retrato -obra del dibujante ramonense José Eduardo Torres Madrigal- abriese la sección de escritores representantes por Costa Rica en la Antología del Bicentenario de Centroamérica, Editorial Ayame, México, 2021; y, por ello mismo es que este servidor ha decidido agasajar su nombre en toda cuanta actividad puede (Birlocha Literaria, 2020). Por lo tanto, a causa de su legado poético y humanístico que irrumpe cualquier frontera temporal, sea por siempre condecorado con los más grandes honores nuestro mejor exponente poético, en nuestro suelo y ante el mundo.

 

*Escritor

PERIODISTA: Redacción Diario Extra

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Miércoles 10 Noviembre, 2021

HORA: 12:00 AM

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