He escrito este artículo más de cien veces y en él repito siempre que no hemos podido darles el mejor regalo a nuestras madres. Como nación tenemos una asignatura pendiente. Como pueblo pareciera que todavía creemos en la cigüeña. No hemos comprendido que los niños son un asunto de dos. En materia reproductiva no importa el cómo, no importa el por qué, no importa el cuándo, no hay excusa que valga, los niños son producto de la unión de dos y como tal tienen que ser los dos los responsables de la criatura.
No es tarea fácil ser madre. Nunca lo ha sido. Hoy, como siempre, la vida materna conlleva un enorme sacrificio y resulta aún más difícil con un padre ausente. Ese padre ausente muchas veces ni da la pensión, o con mil artimañas brinda irrisorios aportes mensuales y les hace la vida imposible a ella y a los hijos.
En nuestra sociedad, la mitad de los niños nacen sin padre. La mitad de nuestros niños crecen sin esa figura paterna tan importante. El varón sigue siendo el gran omiso en la formación de muchos de nuestros niños. Desdichadamente, como pueblo nos hemos conformado con contar con una serie de leyes y dictados que no van más allá de una linda y tranquilizadora retórica, olvidando que la ley que no cambia la realidad para la que fue hecha es una ley estéril, espuria y vana.
De qué nos sirve que la ley diga que todo hombre debe hacerse responsable de sus hijos, con amenazas, amedrentamientos, evasiones y tretas, rubros importantes de varones esquivan sus responsabilidades y burlan la ley.
Hoy, son muchas las madres que prefieren criar solas a sus hijos que lidiar con los suplicios del sistema y con los desplantes de poder de sus parejas. Mientras la ley no se cumpla, estamos propiciando que los irresponsables sigan dejando niños regados por doquier.
Por eso, como país tenemos que implementar sistemas legales que determinen automáticamente quién es el padre de cada criatura desde el mismo momento en que la madre asume el control prenatal o en su defecto al momento de nacer. Adicionalmente, que la paternidad sea un requisito para ingresar al sistema educativo.
Para aquellos puristas debemos dejar claro que esta medida no se trata de apellidos, tampoco tiene que ver con cariño, desde luego que la ley no puede obligar a nadie y menos a un descarado a querer a su hijo, y sabemos que abundan los desalmados que de por sí no quieren a nadie. De tal forma, que el espíritu de la ley gravita en el sentido de que todo niño cuente con el aporte económico de su padre, al margen, de si el padre desea ejercer la paternidad.
Este tipo legislaciones no solo solventan parte de las penurias que viven los infantes, sino que a mediano y largo plazo disminuyen los embarazos no deseados. Curiosamente los estudios indican que buena parte de esos varones irresponsables sientan cabeza cuando les tocan el bolsillo, que la pensión les duele, y aún más varias pensiones y, como les duele todos los meses, y como les duele toda la vida, ese dolor suele ser aleccionante, al punto que aprenden a no dejar hijos regados, aprenden a usar el preservativo y aprenden a responsabilizarse de sus actos.
Espectáculos
El regalo pendiente
Mundo sexual
ÚLTIMA HORA