Generalidades
Juan Luis Mendoza
Me refiero al dolor humano en sus innumerables manifestaciones de dentro y de fuera. Primero, de adentro, de la mente. A propósito, el Padre Larrañaga afirma que “la gran masa del sufrimiento humano es producto subjetivo porque emana de la mente” que, según Erik Fromm, puede ser “una bendición o una maldición”. De adentro, de la mente, provienen los temores, sobresaltos, ansiedades, alucinaciones, resistencias…
En efecto, todo lo que resistimos mentalmente, lo transformamos en enemigo. Piénselo, ¿qué es lo que usted rechaza: su apariencia, color, estatura, flaca memoria, inteligencia mediocre? Ahí mismo se avergüenza, se acompleja, se entristece, sufre. Y todo porque rechaza. Y quien dice de sí mismo, puede ser un hecho o cualquier cosa.
Afuera, personas que han tramado hechos hostiles contra usted, y esto hace un tiempo, pero que el recordarlos y rechazarlos mentalmente en el presente, se llena de ira y ganas de vengarse, y sufre. Otro hecho. Se había propuesto alcanzar en sus estudios académicos un 100 y solo logró un 80. ¿Es un fracaso? Así se lo presenta su mente, mientras se trata de un concepto subjetivo y relativo. ¿Hizo el esfuerzo? Eso es todo. En ese sentido, yo suelo repetir que “el esfuerzo depende de mí; el resultado no, sino de un sinnúmero de eventualidades ajenas a mi voluntad y aspiración”. No sufrir, pues, rechazando, avergonzándose, entristeciéndose.
El Padre Larrañaga resume: “Sí. La mente humana es un abismo insondable de donde proviene el torrente tumultuoso de un sufrimiento multiforme: resentimientos del corazón, resistencias de la mente, rebeldías de la vida, guerras interiores, conflictos íntimos, memorias dolorosas, recuerdos amargos, aspectos negativos de personalidad no asumidos, heridas de la vida no cicatrizadas, clamores interiores, angustias… No son saetas que nos disparan desde fuera. Nos vienen muy desde adentro”.
¿Y qué decir de la muerte? El mismo autor afirma que “es el invento fatídico de la mente humana” y, en consecuencia, el rechazo y el sufrimiento. Siendo así que se impone la ley de que todo lo que comienza, se acaba. Los animales no mueren, simplemente se acaban, se dejan llevar por el ritmo de lo natural, no resisten, no agonizan, no mueren. Es cuestión de entender y atenerse a las consecuencias: no rechazar, aceptar, dejar que las cosas sean lo que son; la muerte, por ejemplo, un acabarse. Y es Tony de Mello quien nos recuerda que “sufrir es oponerse a la realidad”, algo que cada quien puede, siendo sincero, experimentar que es así. La respuesta a la pregunta que se formula el filósofo estoico Epicteto: “Cuando sufro, ¿por qué sufro? Porque me hago sufrir a mí mismo”.
El no comprenderlo y practicarlo para bien nos puede inducir a padecer el doble, inculpando a los otros u lo otro, maña antigua: Adán echa la culpa a Eva, ella a la serpiente… La culpa pudiera ser que no la tenga nadie; pero el bien y el mal, el bienestar y el malestar, en general, provienen de adentro para fuera, y no al revés. De todo ello seguiremos tratando aquí, Dios mediante.