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Opinion

Todo consumado

Opinión

El Padre Larrañaga, a quien hemos seguido en esta serie de escritos sobre Francisco de Asís, nos describe la muerte del santo. “Era el atardecer del 3 de octubre de 1226. Los últimos rayos de oro cubrían de nostalgia y aires de eternidad los picos más altos de los Apeninos. La tierra había entregado su cosecha dorada y presentaba el rostro de satisfacción de quien ha cumplido su misión. Inesperadamente, el agonizante abrió los ojos; hizo ademán de incorporarse, diciendo: ¡Ya llega! ¡Ya llega!”. Y observa: “Había en su voz y en su expresión algo de ansiedad, mucho de alegría y una cierta sensación de alivio de quien va a ser liberado de la cárcel. Los hermanos lo miraron expectantes. El agonizante se hundió de nuevo en su lecho y quedó en silencio, respirando con dificultad”.

Al poco rato, “abrió de nuevo los ojos, y esta vez sin ninguna ansiedad y sin moverse, dijo: ¡Ya ha llegado! Con voz debilísima añadió: Hermanos, ayudadme a incorporarme. Los cuatro veteranos lo tomaron con gran veneración y lo sentaron en el lecho mortuorio. Extendió los brazos y, mirando hacia la puerta de la choza, dijo con voz apagada: “Bienvenida seas, hermana mía, Muerte. No sé por qué todo el mundo te teme tanto, amable hermana. Eres la hermana liberadora, llena de piedad. ¿Qué sería sin ti de los desesperados, de los sumidos en la cárcel de la tristeza? Nos libras de este cuerpo de pecado, de tantos peligros de perdición. Nos cierras las puertas de la vida y nos abres las puertas de la Vida”.

“E incorporó una ‘liturgia’ caballeresca. Mandó al médico que se plantara en la puerta de la choza y que, como introductor de embajadores, anunciara solemne y gozosamente la llegada de la ilustre visitante”. Prosigue el Padre Larrañaga: “Pidió a los hermanos que lo colocaran en el suelo. Por última vez los cuatro leales veteranos lo colocaron con infinita reverencia en la tierra sobre una piel de ovejas. El Hermano mandó que, en honor de la hermana Muerte, derramaran polvo y ceniza sobre su cuerpo. Así lo hicieron”.

Y concluye: “Pocos minutos después el moribundo comenzó a rezar el salmo Con mi voz clamé al Señor. Los hermanos lo continuaron. El Hermano tenía cuarenta y cinco años. En veinte años escasos había consumado esta singular historia del espíritu. En el bosque y en la cabaña los hermanos seguían cantando fervorosamente el Cántico del hermano sol. El Hermano yacía en el suelo. Ya no se movió más. Todo estaba consumado”.

Por su parte, el Padre Larrañaga cierra su libro, y nosotros con él esta larga serie sobre san Francisco de Asís, aludiendo a “un cortejo triunfal que acompañaría al Pobre de Dios hasta el umbral del paraíso”. A la cabeza los espíritus angélicos que “ocupaban el firmamento de un extremo a otro y cantaban Hosannas al Altísimo y a su siervo Francisco”. Inmediatamente todos los animales, del cielo, tierra y agua, todos en orden y unidos, como viejos amigos. “El Pobre de Dios arrastraba consigo a toda la creación al paraíso. Había reconciliado la tierra con el cielo, la materia con el espíritu”. Y concluye, y nosotros con él, que “el Hermano fue internándose en las órbitas siderales. Fue alejándose como un meteoro azul hasta que se perdió en las profundidades de la eternidad”. 

Así le pedimos a san Francisco de Asís que ruegue por nosotros para conocerlo y amarlo más, para imitarlo más y mejor.

PERIODISTA: Redacción Diario Extra

EMAIL: [email protected]

Sábado 24 Julio, 2021

HORA: 12:00 AM

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