Una luz que se extingue
Juan Luis Mendoza
Arranco con esta observación del Padre Larrañaga: “Con su regreso a la Porciúncula, teatro de tantas consolaciones divinas, pareció reanimarse el enfermo. Era apariencia, sin embargo. Las extremidades y el vientre los tenía completamente hinchados, presentando una figura deforme. Le quedaban pocos días de vida. El hermano Dolor lo trataba cada vez con más delicadeza. La belleza del atardecer y la paz del crepúsculo tejieron una vestidura y con ella cubrieron su rostro hasta el postrer suspiro. Su alma navegaba por los mares de la eternidad”. Por su parte, Francisco suplica: “Apaga la lámpara, Señor, que quiero dormir”.
Todo fue hermoso, pensaba el Hermano mirando hacia atrás… Hizo un recorrido mental por los veinte fecundos años y sintió una inmensa satisfacción y gratitud por la misión cumplida. Abrió los ojos y, dirigiéndose a los hermanos, dijo con voz vigorosa: “Con la gracia de Dios he cumplido mi deber; que Cristo os ayude a cumplir el vuestro”. Esto, según lo refiere el Padre Larrañaga. Después se deshace en acción de gracias por la tierra y sus fenómenos naturales, sus frutos que alimentan a los seres humanos y animales, las aguas, el aire, el fuego… “Gracias, hermana Tierra, por la cuna que nos prestas para dormir el sueño eterno”, concluyó diciendo.
Y de nuevo a cantar el Cántico del hermano sol. “Fue un espectáculo para conmover a las piedras, observa el Padre Larrañaga: a pocos metros de la cabaña, los hermanos cantando a todo pulmón el Cántico; los cuatro veteranos, además de fray Bernardo y algunos más llorando a mares; fray León con una rodilla clavada en el suelo, apoyando su cabeza en la pared de la cabaña, llorando desconsoladamente; el Hermano desnudo en el suelo, con los ojos cerrados y el rostro apacible, repitiendo las estrofas que en el exterior cantaban los hermanos… Y añade: “Terminada esta ‘liturgia’ para la Dama Pobreza y gratitud para la Madre Tierra, el Hermano no quiso que lo levantaran todavía. Esperó a que le prestaran, como limosna, alguna prenda de vestir ya que, siendo un verdadero pobre, no tenía derecho a nada. Manifestó esta idea y el guardián de la Porciúncula le trajo algunas prendas de vestir y se las entregó entre sollozos: “Te presto esta ropa interior, esta túnica y esta capucha, y para que conste y sepas que no tienes propiedad alguna sobre ellas, te prohíbo por santa obediencia que las des a nadie”. Y cierra nuestro autor el relato: “Era la fórmula de la pobreza absoluta y altísima”. Francisco se va apagando como un cirio. Su voz cada vez más débil. Su rostro se endulza y alegra a medida que se abre al paraíso. Mientras tanto el Cántico resuena sin parar día y noche, “el preludio de la sinfonía eterna”, dice el Hermano moribundo que se despide de todos. Primero de fray León, “camarada fiel de mil batallas, secretario y enfermero, mi madre en tantas jornadas…” También de fray Bernardo, “el primer compañero” y “el primero en dar sus bienes a los pobres y emprender conmigo el camino del Evangelio”, y para el que pide “que en la Orden siempre sea amado con particular afecto”.
La despedida se interrumpe por un mensajero proveniente de San Damián para informarle a Francisco que las Damas Pobres lloran inconsolables, al igual que los hermanos que lo rodean, esperando un desenlace que para el Hermano será el más feliz.
PERIODISTA: Redacción Diario Extra
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Sábado 17 Julio, 2021
HORA: 12:00 AM