Los olvidados de la calle y los “Ángeles Blancos”
Gerardo Castillo Martínez
Usted, señora o señor lector que lee este artículo es casi seguro que nunca le ha faltado una cama acogedora en la que, después de un día cansado y tras regresar a casa, se haya quitado la ropa y duchado, y se pusiera cómodo en aquella con una prenda limpia y cálida, donde reposó y durmió plácidamente, o simplemente, antes de ello, se acuna para ver la televisión, repasar los correos recibidos en su teléfono o en la laptop, o leer un libro o el periódico, complementado quizás con un emparedado o plato formal y algo de beber, preparado por usted u otra persona quien se lo lleva a su habitación. Es muy probable también, que sea un asegurado de la Caja (o le guste pagar servicios privados), tenga trabajo estable e ingresos suficientes para cancelar los servicios públicos, o sea jubilado con un nivel de vida aceptable, goce de buena salud, posea una casa propia o en vías de obtenerla gracias a la capacidad de pago que tiene para hacerle frente a la deuda contraída con el banco, y con auto. Y finalmente, tal vez, resida en un barrio que sea seguro, con redes sociales de apoyo formada de vecinos, amigos y de familiares con quienes comparte regularmente, y que podrá contar con ellos en caso de una emergencia.
Una pequeñísima parte de todo lo anterior mencionado, la desearían tener seres humanos… que sobreviven en las calles, en donde usted o yo hemos pasado miles de ocasiones, a pie, en bus o en carro, y los “vemos” acostados sobre las aceras, durmiendo en cartones como “substitutos” de sus lechos y “hogares”, sentados contra las paredes con sus miradas perdidas, sin brillo en sus ojos porque no hay nada de qué emocionarse, absortos en pensamientos sin esperanza, rogando por una limosna al transeúnte indiferente que pasa a su lado, drogados muchos de ellos y ellas cuando les cae una moneda en sus manos y consiguen la sustancia… envuelta en un papelito, atrapada en una pastilla, o contenida en una hipodérmica. Jóvenes, adultos y ancianos, harapientos, hambrientos, desnutridos y enfermos, desarraigados, rechazados, atenazados por la violencia, sin familiares que los ayuden, con muy baja escolaridad o ausencia total de estudios, sin seguro social, con meses de gestación muchas mujeres, y como única “compañía” para sus interminables días, semanas, meses y años, la que prodigan sus “colegas”, sus mascotas, o sus recuerdos… y, por supuesto, abandonados por un Estado que los desatendió constitucionalmente, infringiendo el Título V de la Carta Magna (“Derechos y Garantías Sociales”), cuyos artículos del 50 al 74 lo obligan a proteger a esta población también. Derechos Humanos conculcados a vista y paciencia de las instituciones que no acuden en su auxilio. Democracia incompleta cuyos “brazos prohijadores” se quedan en la “periferia” de quienes sí la aprovechan…
Aunque sean muy pocas aspiraciones, como comer por lo menos una vez al día, disponer de una chabola en donde dormir en una cama con sábana y bajo un techo sin fugas para no mojarse y no contraer una pulmonía, poder bañarse un día a la semana con jabón para quitarse la suciedad y los piojos, alguien para conversar “que no sea” el perro que “adoptó” en una de las tantas vías que ha recorrido infinidad de veces para no sentirse solo, recibir atención médica, odontológica o sicológica y aliento estimulante para que crea en un futuro mejor, o eventuales oportunidades educativas o laborales para aquellos que puedan hacerlo, para “los olvidados de la calle” sería la diferencia entre ser vistos como seres humanos “de verdad” e integrados a una sociedad a la par de los demás… y seres anónimos invisibilizados que deambulan por la capital para quienes la repartición de la riqueza y la protección social de un Estado pareciera que no van a llegarles…
Dichosamente, existe un grupo de personas, imbuidas de amor por el prójimo, que entregan su trabajo desinteresadamente solo por el afán de ayudar al desamparado, que vienen llenando desde hace varios años ese vacío dejado por el Estado, reunidas en la organización “Chepe se Baña”, quienes embutidos en trajes blancos y con el equipo de protección contra potenciales enfermedades contagiosas, incluido el Covid, todas las noches recorren el centro de San José para llevarles alimentos, hablar con ellos y escucharlos, darles esperanza, hacer auscultaciones médicas y curarles sus heridas, y trasladar voluntariamente a los albergues a quienes así lo manifiesten y califiquen para ello, para que puedan dormir, bañarse, alimentarse con comida caliente, y vivir en un ambiente separado de la inseguridad de la calle. Y son conocidos por esta población como los “Ángeles Blancos”, por la vestimenta que usan de ese color y porque son identificados religiosamente como enviados de Dios. Felicitaciones por el trabajo que realizan y agradecerles por la mano que ofrecen “en representación” de miles de personas que podríamos hacer algo al respecto y no lo hacemos.
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