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Opinion

El testamento

Juan Luis Mendoza

Francisco se agrava como lo advierte el Padre Larrañaga: “Una noche comenzó el Hermano a vomitar sangre entre terribles espasmos. Las hemorragias continuaron hasta la madrugada. Todos creyeron que había llegado su última hora. Los cuatro leales veteranos no sabían qué hacer. Dieron rienda suelta a las lágrimas y lamentaciones, diciendo: “¿Qué será de nosotros, pobres huérfanos abandonados de quien fuera nuestro padre y nuestro pastor?”. Con la pérdida de tanta sangre, el Hermano estaba completamente agotado. No obstante la palidez de su rostro estaba vestida de una belleza crepuscular que sólo podría venir del otro lado, es decir, de Dios mismo”.

Por su parte, Francisco pregunta si ha llegado la hora. Y, sin esperar respuesta, pide a los hermanos Maseo, Ángel, Rufino y León que le canten sin cesar el Cántico del hermano sol. Después de hacerlo varias veces, los mismos cuatro hermanos, le piden les dé como una especie de testamento en un testimonio escrito de su última voluntad: “Hermano León, respondió, en la Porciúncula entregué mi vida; en la Porciúncula desearía entregar mi alma. Pero si la Santísima Voluntad prefiere disponer otra cosa, llama al hermano Benito de Pirato”. Al presentarse este, el Hermano le dijo: “Escribe: Bendigo a todos mis hermanos, a los que ya están en la Orden y a los que ingresarán hasta el fin del mundo, y como ya no puedo hablar más, en tres palabras resumo mi voluntad: rendid culto eterno al Santo Amor; guardad alta fidelidad a la Señora Pobreza, y vivid a los pies de la Santa Iglesia”.

Estaba todo dicho y llegó la hora de dirigirse, de acuerdo a su querer a la Porciúncula, y por orden de fray Elías. Los acompañamos. Se alojan unos días en el eremitorio de Le Celle, cerca de Cortona. Por temor a que los habitantes de Perusa lo quieran retener, dan un rodeo pasando por Gubbio y Nocera. Se detienen otros pocos días en el eremitorio de Bagnara. Llegan a Asís. El Padre Larrañaga cuenta que “la ciudad estalló, incontenible, de alegría. Ya no se trataba del hijo de Bernardone sino del Santo de Asís. La multitud, el municipio, el obispo Guido y fray Elías decidieron que el Hermano fuera instalado en el obispado. La Porciúncula era un lugar abierto y por consiguiente, peligroso. Podrían hacerse presente por su presa los perusinos para llevárselo, y Asís podría quedar sin su Santo”.

Conociendo a Francisco es de comprender la contradicción de su aspecto al verse hospedado en el palacio episcopal en vez de la choza de la Porciúncula, “más aún, advierte el Padre Larrañaga, le causaba una repugnancia instintiva la razón de fondo que originaba esta situación, a saber: la posibilidad de ser raptado por su aureola de santo. Esto le causaba un malestar tan insoportable que ni siquiera quería pensarlo”. El mismo Padre Larrañaga concluye: “Los cuatro leales veteranos no se acostaron aquella noche. El enfermero fray León no se separó un instante de la cabecera de la cama. Varias veces le curó las llagas. Los otros tres hermanos pasaron la noche lavando las vendas, preparando medicinas domésticas, calentando el agua. El Hermano Crucificado estuvo lejos toda la noche. Al parecer, no oía nada. A pesar de la temperatura y la deshidratación, no exhaló gemidos y parecía un autómata que se deja mover y curar sin sentir nada. La beatitud había ocupado aquel cuerpo crucificado. Aquí lo dejamos.

PERIODISTA: Redacción Diario Extra

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Sábado 03 Julio, 2021

HORA: 12:00 AM

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