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Opinion

En el Cementerio

Álvaro Chaves Sánchez

Cuando visitamos un cementerio, camposanto o jardín de paz, como generalmente se les llama, escuchamos el sonido del silencio, lloros y oraciones, durante una reciente visita que realicé a uno de estos lugares, mientras caminaba en silencio observando las bóvedas, algunas compuestas por dos, cuatro y seis nichos, y sobre ellas los familiares de los difuntos las han adornado colocando sobre las mismas imágenes, entre otras se observan cruces, vírgenes, santos, angelitos, jarrones para colocar flores y entre todas ellas sobresale la sobria figura del ángel del silencio, entre los diseños, tamaños y ornamentos de las bóvedas también se notan las diferencias entre las que pertenecen a familias adineradas y las de quienes no administraron grandes capitales que son la mayoría, es decir hasta en estos sitios se marca la diferencia de clases socioeconómicas, aunque ahí, un metro bajo tierra, todos somos iguales. En aquella caminata cada cinco o diez metros me detenía a leer los extractos de los salmos, versículos, proverbios, oraciones, sermones y lecturas bíblicas escritas en placas metálicas que los familiares de los difuntos expresan, pero me llamó la atención que sobre una bóveda había una especie de cajita de vidrio y dentro de ella había una vela encendida, pregunté al administrador el porqué de aquella lucecita que permanecía encendida, la respuesta fue que una humilde señora cuyo nombre es Ana, y a quien posteriormente conocí, siendo muy joven tenía un hijo el cual había fallecido siendo un adolescente, y ella no podía superar el duelo, razón por la cual siempre vestía de negro y cubría su rostro con un largo velo negro y diariamente, lloviera, tronara, hiciera sol o viento, ella visitaba la bóveda y mantenía la velita encendida. Continué mi silenciosa caminata viendo cómo las mariposas se detenían a saborear el néctar de las flores colocadas en pequeños y grandes jarrones que adornan las bóvedas. Al cambiar de acera para recorrer otro bloque o sector, me preguntaba sobre el misterio de la muerte, pero en aquel jardín de paz, de momento escuché sonrisas, aplausos y voces que decían lo logramos, te cumplimos, no te defraudamos, lentamente y un poco temeroso o curioso me fui acercando al lugar de donde procedía el ruido, de pronto observé a una mujer y dos hombres jóvenes, uno de ellos al verme se dio cuenta de que yo no era un muerto, ni una autoridad del cementerio, sino un simple visitante de ese silencioso sitio, me dijo “hola señor, usted podría tomarnos una foto a nosotros tres”, al acercarme noté que ambos jóvenes tenían entre sus manos una especie de fólderes gruesos color rojo y sobre la portada decía en letras doradas UCR. Yo, un poco intrigado, le pregunté a la señora, “¿cuál es el asunto o de que se trata?”. Ella me dijo, “mi esposo murió hace diez años y aquí en esta bóveda descansan sus restos y estos son nuestros hijos, resulta que cuando estos chicos estaban empezando sus estudios de colegio, el papé les dijo, ‘yo quiero que en el futuro ustedes sean egresados de la UCR’. Ellos y yo guardamos ese deseo o mensaje y hoy venimos a visitarlo y a decirle: Señor misión cumplida, aquí estamos los dos con título en mano, ya somos egresados de la UCR gracias a Dios y a mamita que con esfuerzo, mucho trabajo y sacrificio nos llevó a alcanzar la meta que usted quería, por lo tanto descanse en paz”. Mientras ellos tres posaban sentados, abrazados y sonrientes sobre la bóveda, les tomé la foto solicitada, que me imagino la conservarán como recuerdo del trofeo que con honradez se ganaron.
Yo continué la caminata, pero con un nudo en la garganta, al ver la alegría de aquella familia triunfadora, y después de despedirse se marcharon en su carro de regreso a su casa, posiblemente a continuar la merecida celebración.
Estas cosas también se ven en los cementerios, esta linda lección la aprendí y la comparto con ustedes, amigos lectores.

*Escritor

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Sábado 22 Mayo, 2021

HORA: 12:00 AM

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