El sentido de la vida
Víctor Chacón Rodríguez
Martín nació con síndrome de Down. Recientemente falleció sin dejar tras de sí hacienda, bienes, o títulos académicos colgando en la pared. Pero a quienes lo conocimos nos dejó el legado imperecedero de su bondad y sencillez. Creo que nos hizo mejores personas.
Apreciamos la vida porque existe la muerte. El Creador, Gran Arquitecto Universal, Madre Natura, o como cada quien quiera interiorizarlo según su creencia, concibió la vida, el universo entero, a partir de leyes eternas que la humanidad ha ido descifrando. Todo cuanto somos o nos rodea, muestra en su consistencia, en sus ciclos, la justa armonía de leyes matemáticas, físicas, químicas o biológicas entrelazadas.
Sin embargo, su perfección radica en la fugacidad, su temporalidad. El tiempo se interpone inexorable entre dos absolutos: vida y muerte. Desde que hay vida, habrá muerte. Azarosa, por decisión de nuestros hábitos de consumo, propensión genética o por riesgos materializados. Es cuestión de tiempo.
Pero el tiempo es relativo. Poco puede ser un segundo. También podría ser poco cien años, según la base de comparación. Lo decía San Pedro: “para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8). Así visto, morir a una edad temprana o tardía, humanamente hablando, equivale, en tiempo relativo, a que alguien fallezca a las diez de la mañana y otro a las tres de la tarde. En todos los casos, aún en los más longevos, es un tiempo corto, pero siempre hay margen para dejar una huella en nuestro círculo inmediato o en la sociedad.
Al morir, algunas personas legan un emporio de bienes y construcciones admirables, que económicamente auxilian a sus herederos por algunos años. Otros aportan el fruto de sus estudios y descubrimientos para resolver problemas y dilemas humanos de todo tipo, tanto de orden científico como filosófico. Sin duda traen alivio o confort. Algunos hacen de la justicia su bandera, y desde su espacio de influencia – sea pequeño o amplio- luchan por lo justo y el bien de los demás. No menos importante, quienes viven para abrir nuestros sentidos a las artes, en todas sus manifestaciones; medio de expresión algunas veces y exaltación del espíritu en otras.
Sin embargo, están quienes solo existieron, no vivieron. Simplemente actuaron para sí, para el propio beneficio, satisfacción o acumulación. Insensibles ante el mal ajeno, la injusticia, o el daño medio ambiental. Palabras como altruismo, solidaridad o compasión, no caben en su diccionario, y todo esfuerzo o sacrificio solo es válido en rédito propio.
Ante la muerte de un ser querido, principalmente cuando se trata de un niño o una persona joven, el pésame tradicional es que “Dios quiso llevárselo”. En el doliente, más bien queda una sensación de arrebato, confusión, y a veces enojo.
Todos hemos sido testigos de personas que en su pequeño entorno, tal vez incluso con pocos días o años de vida, con las simples armas de su sonrisa, mirada, actos o gestos, crearon a su alrededor un impacto de inspiración perdurable. No necesitaron mucho tiempo o años para cumplir un propósito de vida, y dejarnos su sello en los que continuamos un poco más. Estas personas, como Martín y tantas otras, sin siquiera ellas mismas saberlo, fueron como ángeles que nos marcaron rumbo, nos convirtieron en mejores personas y nos ayudaron a descifrar nuestro propio sentido de la vida.