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Opinion

La paciencia de Dios

Juan Luis Mendoza

Dejamos a Francisco y Fray León pasando la noche en una gruta. La sorpresa es para este último que al despertar no halla en ella al Hermano. “Lo encontró, cuenta el Padre Larrañaga, en la cumbre de un pequeño altozano, de pie, con los brazos abiertos, mirando en dirección del Oriente donde brillaba la aurora anunciando la salida del sol. El Hermano Crucificado estaba resplandeciente como un amanecer. Cuando vio venir a Fray León, lo recibió con una alegría inesperada como si estuviera ansioso por comunicarle algo importante”. ¿Qué? Una visión anticipada de la gloria inminente que el Padre le tiene preparada. Contrastando con esta felicidad, la tristeza de Fray León que abre su corazón en estos términos: “He soñado que después de tu muerte los ministros me perseguirán y me meterán en la cárcel y me azotarán, y andaré fugitivo por las montañas escapando de la ira de los intelectuales”. El mismo Padre Larrañaga describe así la reacción de Francisco: “Instantáneamente una sombra profunda de tristeza cubrió por completo el rostro hasta ahora radiante del Hermano. De un golpe se le renovaron todas las viejas heridas”. Así fue.
Así lo presiente Francisco que se esfuerza por superar su turbación y tristeza, acercándose al amigo, dándole unas palmaditas y diciéndole: “Campeón, recuerda: bajo el arco de la aurora te esperaré de pie para tu entrada triunfal en la eternidad. Vendrás del campo de batalla cubierto de cicatrices; cada cicatriz brillará como una esmeralda por los siglos sin fin. Cuantas más heridas recibas, más resplandecerás en el paraíso”. Francisco es consciente de que se ha dejado llevar por la aversión a los contrarios al ideal franciscano, ha perdido la paz y la alegría, y se echa a los pies de Fray León diciendo: “Bendíceme, padre porque he pecado. Hermano León, escúchame en confesión”. Hay que advertir aquí que este hermano fue y sigue siendo secretario, enfermero y confesor del Hermano de Asís.
A continuación, y sentados en sendas piedras, Francisco le comenta a Fray León sobre el atributo más hermoso de Dios, que no es el amor ni la sabiduría sino la paciencia: “La perla más rara y preciosa de la corona de Dios es la paciencia. Oh, cuando pienso en la paciencia de mi Dios, me vienen unas ganas locas de estallar en lágrimas y que todo el mundo me vea llorando a mares, porque no hay manera más elocuente de celebrar ese inapreciable atributo. Y, en contraste, me acomete una tristeza de muerte cuando pienso que no he tenido esa paciencia con mis adversarios. Quisiera tenerlos ahora mismo aquí para postrarme de hinojos ante ellos y besarles los pies”.
La reflexión sigue en contra de la malevolencia y en general en favor de los buenos sentimientos de comprensión y paciencia que traen al espíritu paz y felicidad. En un momento dado, los dos, primero Francisco, como extasiado, comienzan a repetir: ¡Paciencia de Dios!, ¡paciencia de Dios! Y para cerrar la reflexión, Francisco dice: “Sea la Hermana Madre Tierra testigo de nuestro juramento –y poniendo la mano sobre la tierra- añade: Imitando la paciencia de Dios nunca daremos entrada libre a ningún sentimiento de hostilidad contra nadie. Y que la Hermana Tierra nos demande si infringimos esta palabra”.
Como para tenerlo en cuenta, ¿no le parece?

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Sábado 13 Marzo, 2021

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