La despedida
Juan Luis Mendoza
Me refiero a la despedida de Francisco del monte Alvernia y los hermanos allí presentes el 30 de septiembre de 1224 después de asistir a misa. Según el Padre Larrañaga, Francisco se expresa así: “Hermanos, el Señor con sus pies descalzos, camina todas las mañanas por esta montaña, y los aires están poblados de ángeles con alas de oro. Es, pues, una montaña santa. Los ministros deben destinar para esta Fraternidad a hermanos que sean tan santos como la montaña misma”. Añade: “Yo me ausento hoy mismo con el hermano León, y no volveré más. Estoy a un paso de la eternidad. Os quedáis aquí pero vais conmigo, hermanos. Amaos unos a otros como una madre ama a su pequeño. Rendid pleitesía y fidelidad caballeresca a Nuestra Señora la Pobreza. Por encima de todo, y aún por encima de la Pobreza, rendid culto eterno al Santo Amor. Os declaro caballeros del Amor Eterno”.
Concluye: “En tus brazos, Madre del Verbo Eterno, deposito estos mis hijos, aquí presentes”. La crónica se cierra así: “Llorábamos inconsolables. También él se alejó sollozando y llevándose nuestros corazones”.
Dejamos Alvernia y acompañamos a Francisco estigmatizado puesto en un humilde asno que tira de una cuerda Fray León. Deja a un lado a Chiusi y antes de internarse en La Foresta, a la vista aún del monte Alvernia, el Hermano pide a Fray León que detenga al asno y le ayude a apearse de él. De rodillas en la vereda y con los brazos en cruz da su última bendición diciendo: “Adiós, montaña santa. Caiga sobre ti la bendición del Altísimo. Paz contigo para siempre, montaña querida; ya nunca jamás te volveré a ver”.
Se levantan y prosiguen el camino, durante un buen rato en silencio hasta que Francisco lo rompe para advertir a Fray León que “Aquel que no tiene nombre me está haciendo con la mano la señal de que me vaya. Podría ser éste nuestro último viaje”. Fray León se echa a llorar, lo advierte el Hermano diciéndole: “lloras igual que los que no tienen fe”. Y añade: “¿Cuántas veces tengo que repetirte lo mismo? Ni la polilla ni la espada acabarán jamás con el alma. Oh hermano León, después que me recoja el Padre en su seno, estaré a tu lado más presente que en este momento. ¿Vale algo el cuerpo? Ya ves este mío: parece un saco de arena. El alma, hermano León, el alma humana vale y posee una eterna juventud. Cesen tus lágrimas, Ovejita de Dios, y brille la sonrisa en tus ojos”. El hermano León se siente consolado.
La noche la pasan en una gruta del camino, y por primera vez limpia las llagas de Francisco con agua tibia de hierbas aromáticas. Tiene frío y el amigo compañero enciende una fogata que calienta a ambos. El Pobre se deja cuidar como un niño por su madre. No obstante, señala el Padre Larrañaga que “Francisco no durmió aquella noche. Todo él era un mosaico de dolor, amor, fiebre y nostalgia de las Colinas Eternas. Cada día era como una víspera, velando las armas para entrar en la gran aventura de la muerte”. Aquí quedamos, por ahora.