Francisco y el halcón
Juan Luis Mendoza
Dejamos a Francisco entregado, especialmente por las noches, a una altísima oración que se caracteriza porque a base de una experiencia interior sin palabras ni pensamientos, pura unión que hace que el ser humano se eleve hasta Dios y se haga uno con Él como una sola realidad, uno, eterno, inmenso, uno también con lo creado. El hermano halcón, por ejemplo. El Padre Larrañaga lo presenta así: “Francisco, de pie sobre la roca, vivía la proximidad y ternura de todas las creaturas. En esto, un temible halcón regresó de caza con potentes golpes de ala. Francisco admiró su sentido de orientación, su raudo cruzar el aire y la extraordinaria facilidad con que aterrizó en un pequeñísimo saliente de la roca”.
Al momento el Hermano siente cariño y admiración por la creatura con la que establece una estrecha relación de amistad. Según el mismo Padre Larrañaga le dice: “Pájaro mío, hermano halcón, hijo de Dios, óyeme. Soy tu hermano; no tengas miedo. Despliega las alas y ven”. El halcón extiende las alas y, casi sin batirlas, dejándose caer como que de un salto, desciende y se posa a los pies de Francisco, cuya sensibilidad crece al extremo. La poderosa ave lo percibe y se siente feliz, y los dos permanecen quietos unidos por el cariño y la gratitud.
A Francisco se le ocurre darle de comer, pero no tiene más que el pan y el agua que le trae Fray León; además se acuerda de que el halcón come sólo carne. En lugar de ello y siempre de acuerdo al Padre Larrañaga le da palabras de cariño: “¿Dónde está tu nido, pájaro de Dios? ¡Qué hermoso debe verse el mundo desde esas alturas! Tú no tienes rutas trazadas en el aire. ¿Cómo haces para llegar a tu destino? ¿Dónde tienes la brújula? ¿Quién te enseñó a volar? ¿Qué haces en los días de tempestad? ¿Tienes miedo a los relámpagos? ¿Qué haces cuando caen metros de nieve sobre esta montaña? Dios plantó en la tierra estas temibles rocas para que te sirvan de morada. No caigas en el pecado de la ingratitud”.
Todos los días pasa el halcón junto a la choza del Hermano en el Alvernia. Tan familiar se ha hecho la relación, que ahí permanece habitualmente, y sólo se ausenta para buscar comida. A propósito, al amigo le da pena que su alimento sean otras aves menores, pero evita pensar en eso.
El Padre Larrañaga añade que “la amistad entre ellos llegó a adquirir relieves tan entrañables y humanos que, a la hora del rezo de maitines, a media noche, venía el halcón, batía vigorosamente sus alas contra la pared de la choza y así despertaba a Francisco para la oración. Si alguna vez el Hermano se hallaba muy enfermo, el halcón no lo despertaba o lo despertaba más tarde”. Y concluye: “Al despedirse del Alvernia, Francisco tuvo una mención especial para el hermano halcón”.
Ahora bien, hablar del monte Alvernia es hablar de la estigmatización, es decir, de la reproducción en Francisco de las llagas de Jesús crucificado. A este fenómeno místico precede el debido tiempo en que Francisco, día y noche, no cesa de leer y meditar sobre la pasión y muerte del Señor, después de haberlo hecho muchas veces en otro tiempo.
Aquí lo dejamos, mientras nos preparamos también nosotros a la contemplación del milagro.