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Opinion

Consagrados al Amor y al Servicio

La voz del Arzobispo

Con la fiesta litúrgica de la Presentación del Señor, del pasado 2 de febrero, celebramos la XXV Jornada de la Vida Consagrada con la que agradecimos al Señor cómo “a lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido este camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él con corazón ‘indiviso’ (cf. 1 Co 7, 34).”. (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata, 25 de marzo de 1996, n.1)
El regalo del Señor a la Iglesia en los carismas que estos hermanos y hermanas viven, manifiestan el cuidado del Señor en favor de todos. Así lo ha manifestado el Papa Francisco al recordar que ellos, “movidos por el amor incondicional a Cristo y a la humanidad, sobre todo a los pobres y sufrientes, están llamados a reproducir en diversas formas —vírgenes consagradas, viudas, ermitaños, monjes y religiosos— la vida terrenal de Jesús: casto, pobre y obediente.”. (Francisco, Vultum Dei quaerere, n.5)
En medio de un mundo que tiene su mirada fija en lo terrenal, nuestros hermanos consagrados aspiran a lo trascendente, constituyéndose en una enseñanza vital de cómo responder, con generosidad y radicalidad, al Dios que nos lo ha entregado todo.
También, en el contexto del Jubileo nacional con motivo del I Centenario de la Provincia Eclesiástica y, por tanto, de nuestra Arquidiócesis, esta Jornada adquiere un especial significado, porque nos recuerda que la vida consagrada ha estado presente en la tarea evangelizadora.
Con la fundación de San José Cabécar, uno de los poblados en la zona de Talamanca, se constata la presencia de Fray Antonio de Andrade, Fray Pablo de Rebullida, Fray Lucas de Rivera y Fray Lucas Morillo, misioneros franciscanos recoletos, en 1705. Luego, en 1748, los franciscanos recoletos fundaron, con pobladores cabécares, el también efímero pueblo de San José de Pejibaye –en las orillas del río Pejibaye–, de nuevo honrando al Santo Patriarca. En los primeros meses de 1756, se comienza la construcción de la iglesia y del convento que todavía se mantienen en pie en Orosi. A partir de ahí, tenemos toda la hermosa historia de la presencia de las distintas congregaciones y demás expresiones de vida consagrada.
En el marco de este Año Josefino, no puedo dejar de señalar cómo la vida consagrada de San José ha de ser motivo de especial reflexión. Son muy significativas en este sentido las palabras del Papa Francisco “Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad.”
Ustedes, hermanos consagrados, nos enseñan que la vida es inapreciable cuando se dona y se pone al servicio de los otros. Dios les bendiga por su presencia silenciosa pero efectiva en medio del mundo.

*Arzobispo Metropolitano

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Lunes 08 Febrero, 2021

HORA: 12:00 AM

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