Rayando lo sublime
Juan Luis Mendoza
Para descubrir en algo lo de “sublime”, he aquí la narración atribuida a Fray León: “Una noche fue Fray León a la hora acostumbrada a decir maitines con Francisco. Y llamando a la entrada del puente: Domine, labia mea aperies, como habían convenido, Francisco no respondió. Mas Fray León no se volvió atrás como Francisco le tenía ordenado si no le respondía, sino que atravesó el puente del precipicio y entró quedamente en la celda; y como no lo hallara, pensó que estaría en algún rincón del monte en oración. Por lo cual salió afuera, y a la luz de la luna anduvo buscándolo calladamente por la selva. Por fin oyó la voz de Francisco y, acercándose, le vio de rodillas, con la cara y las manos alzadas al cielo que decía así con fervor de espíritu: “¿Quién eres Tú y quién soy yo?” Y estas palabras las decía muchas veces, y no decía otra cosa.
Maravillándose grandemente, Fray León levantó los ojos, miró al cielo, y vio venir de arriba una llama de fuego bellísima y esplendorosísima, la cual, bajándose, se posó sobre la cabeza de Francisco, y de dicha llama salía una voz que hablaba con Francisco; mas Fray León no discernía las palabras. Repuntándose indigno de estar tan cerca de aquel lugar tan santo, y temiendo, además ofender a Francisco o perturbarlo en su consolación si fuera sentido por él, retiróse suavemente y esperaba de lejos a ver el fin. Y, mirando fijamente, vio que Francisco alargó tres veces las manos hacia la llama y, finalmente, vio que la llama retornaba al cielo.
Decidido y alegre por la visión, iba a volver a su celda, y andando así con seguridad, Francisco sintió ruido de pies en las hojas y le mandó que esperase sin moverse. Entonces, Fray León, obediente, estuvo quieto, y le esperó con tanto miedo que, según aseguró después a los compañeros, en aquel trance hubiera preferido que le tragara la tierra a esperar a Francisco, del cual pensó que había de estar incomodado contra él, pues cuidaba con suma diligencia no ofender a su paternidad, para que por su culpa no le privase Francisco de su compañía. Allegándose, pues, a él Francisco le preguntó: ¿Quién eres tú? Soy el hermano León, Padre mío, le respondió temblando. ¿Por qué viniste aquí, ovejita de Dios? ¿No te dije que no me observaras? Dime por santa obediencia si algo viste u oíste. Fray León respondió: Padre, yo te oí hablar y decir muchas veces: “¿Quién eres Tú y quién soy yo?”
Y entonces, de hinojos, Fray León confesó la culpa de su inobediencia y le pidió perdón con muchas lágrimas”.
Más allá de la anécdota, hay que rescatar aquí el modo de orar de Francisco, que es el más simple, alto y místico, a base de muy pocas palabras, pero repetidas muchas veces, medio para la unión con Dios en que consiste la verdadera oración, y de la que es maestro san Francisco, reconocido por aquella expresión de “mi Dios y mi todo”, que aún resuena en aquellos parajes de la Porciúncula.