Exaltación de la mejenga
Víctor Chacón Rodríguez
En el parque Carmen Lyra, Barrio Jardines de Cascajal, con solo mencionar la palabra, o ver a alguien llegar con un balón, se dejaba lo que fuera y se encendía la “mejenga”. En el pequeño e irregular espacio, estorbado por las bancas, postes de luz y gradas, brotaba la magia del fútbol. Dos contra dos, tres con tres, y así cualquiera que llegaba se incorporaba en uno u otro bando. A veces éramos tantos, que entonces semejaba un futbolín multicolor. En tiempo de vacaciones, las mejengas se reiteraban tantas veces como horas de sol hubiera.
En otras ocasiones el juego surgía espontáneo en cualquier calle, con dos piedras como marco y el pretil de caño convertido en compañero para jugadas de pared.
Cierto día, uno de los amigos indicó que detrás de la casa de Murray (q.D.g.), había un terreno grande donde pastaban vacas, ideal para hacer una “placilla”. Al explorarlo, constatamos que, a pesar de su declive, el potrero era amplio (hoy se ubica ahí el Hotel Casa Conde).
Con nuestro leal saber y entender, que era poco, un ejército de adolescentes llegamos con machetes a cortar maleza y raíces. Los de mayor edad se ocuparon en hacer marcos de bambú; y fue verlos en pie para abandonar los machetes, pues la ansiedad por “patear bola” ya no se contenía. Así, con vacas, desnivel, monte mal cortado y raíces expuestas, aquella cancha se convirtió en nuestro Maracaná.
Pero se derrumbó pronto, con el fin de las vacaciones. Al llegar el primer sábado de tiempo lectivo, encontramos la maleza tan alta como el primer día. Aunque lo volvimos a intentar, el matorral nos venció, regresando al viejo parque y a las calles del barrio.
El fútbol tiene ese encanto. Un puño de papel recubierto de cinta adhesiva, una naranja, una bola de tenis o los viejos balones de cuero que en los aguaceros pesaban como pipas de cocotero, convierten el momento en una fiesta. El beisbol y el baloncesto poseen complicaciones como deportes callejeros; o requieren implementos cuyo costo el común de los muchachos no posee; y menos en aquellos tiempos.
En las mejengas de barrio la interacción era constante, ahí se crearon apodos para siempre y una jerga propia de dichos y frases. Aprendimos de trabajo en equipo y solidaridad en medio de la competencia. A manejar el gozo del triunfo sin menosprecio y las derrotas con hidalguía, sabiendo que el futuro siempre depara nuevos chances. En aquellos juegos de calle distinguimos las conductas de honor y mezquindad. A pesar de ocasionales broncas, la amistad luego fluía entre chistes, a su cauce normal. Aún recuerdo los puntos fuertes y débiles de mis amigos de barrio, sus destrezas con la pelota, zurdos o derechos, el tipo de gambeta, la fuerza de sus remates o la forma de celebrar el instante eufórico del gol.
Orlando (q.D.g.), Cox, Memín, Luija, Murray, Pepo, los Mena, Sánchez, Villalta y Dobles, Randall, Mandy, Sergio y tantos otros, que a pesar de muchos años sin verlos, por virtud de compañeros de mejenga, serán para siempre entrañables.
¿Quedarán mejengas y barrios como aquellos? La violencia y el riesgo social, la individualización inducida por las nuevas tecnologías de comunicación, y recientemente la Covid19, entre otros factores, quizás expliquen el fenómeno de su casi extinción. Pero a todos aquellos que los vivimos, nadie nos roba ese pasado de gloria.
Hace poco pasé por el viejo parque Carmen Lyra. Está hermosamente poblado de árboles, pero sin el maravilloso paisaje de aquellas mejengas de colores. Sin la algarabía de adolescentes forjando amistades eternas alrededor de un gastado balón de futbol.
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