Canto al Alvernia
Juan Luis Mendoza
Llegados a la planicie de la montaña del Alvernia, Francisco exclama: “¡Qué paz!, ¡qué libertad!, ¡qué felicidad!, y siente la necesidad de quedar solo y así se lo manifiesta a los hermanos que lo acompañan, León, Ángel, Rufino y Maseo. Se interna en el bosque, camina en distintas direcciones, se coloca frente a las rocas, de espaldas al sol, y piensa: “¡Qué espectáculo! Es difícil encontrar una evocación más plástica de la potencia y eternidad de Dios”. Rondándole la idea de sus padecimientos y muerte inminente, “¿qué rayos cayeron sobre estas rocas, se pregunta, para trazar semejantes hendiduras? ¿Qué terremoto cuarteó estos cíclopes? Esto debió suceder cuando la tierra protestó por la muerte de Jesús”, piensa.
Mientras tanto está anonadado, repitiendo ¡Señor! ¡Señor!, al mismo tiempo que, con el peso de su dulcedumbre cae Dios sobre el alma de Francisco que se arrodilla ante las titánicas rocas, extiende los brazos y, levantando la voz, se expresa así: “Altísimo Señor, aunque indigno de nombrarte, a Ti dirijo este canto: ¡Señor, Señor, gravitación eterna de los horizontes sin fin! Eres hermoso como este paisaje, invencible como etas rocas, eterno como esta montaña, profundo como ese azul. Tú has puesto en pie a estas piedras como terribles centinelas para vigilar la marcha de los siglos. En el incendio de estos picachos mi alma te siente y te quiere. Todo está lleno de tu presencia. Tú brillarás para siempre sobre las rocas de mi alma. Bendito seas por la potencia eterna de este macizo. Bendito seas por sus hendiduras desgarradas. Bendito seas por las nieves eternas. Bendito seas por el silencio augusto de las noches estrelladas”.
Estamos en la montaña del Alvernia, y Francisco asciende con los hermanos que le acompañan a las chozas, entre ellas a una algo más grande en la que se reúnen. Una vez sentados, les dice: “Carísimos, se aproxima la hora de la Gran Partida. Estoy a pocos pasos de la casa del Padre. Necesito estar a solas con mi Dios. Necesito aderezarme para presentarme pulcro ante la luz. Quiero estar solo. Si llegaran seglares para visitarme, atendedlos vosotros. El único enlace entre vosotros y yo, será Fray León”.
El tiempo se le pasa dándole vueltas a la pregunta: ¿qué será después de mi muerte? El Hermano entra en la lucha entre el deseo de reconciliación, paz, esperanza y alegría y las sensaciones contrarias del repudio de los opositores, memorias dolorosas, dudas sobre el provenir de la Orden, agresividad… En ver cómo perdona, se sosiega y reconcilia, pasa sus ratos, mientras sufre lo suyo, y en soledad. Al fin, se sobrepone a la situación y entra de nuevo en el dominio de sí, la fraternidad, el amor a los hermanos opositores, unión con Dios y, consecuentemente con todos, hasta la misma naturaleza.
Pasada esta etapa, entramos en lo que el padre Larrañaga titula La pascua franciscana, “el período más sublime de la vida de Francisco”. Para la próxima entrega, Dios mediante.