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Opinión

Paternalismo salvaje

Pablo Barahona Kruger*

Algo viene ocurriendo y tengo la impresión de que no le estamos prestando la atención debida. Y eso que es grande el problema. Me atrevería, incluso, a considerarlo crítico. 

Cuando los hijos vienen de la escuela con malas calificaciones, les consolamos descargando toda la frustración sobre el maestro calificador. La culpa -asumimos- es de ese ingrato docente. Jamás del estudiante vago o simplemente incapaz. El malo es y será siempre el evaluador exigente, en vez del alumno indolente.

Y luego, cuando no encuentran trabajo por razones obvias, y que resultan de aquel antecedente, la culpa seguirá siendo de los otros. Jamás de nuestros principitos o princesitas, cachitos de luna, regalitos de cielo, ñingui ninguis, amorcitos corazones.

O cuando pierden esos trabajos por falta de liderazgo, compromiso o productividad. Entonces salimos maldiciendo al jefe -y toda su ascendencia-, en vez de reconocer la gravedad de las faltas propias de nuestros críos. 

De toda suerte que, después, cuando salimos a la jungla de nuestro tránsito urbano, esperamos que el resto maneje a la defensiva porque los únicos con derecho a hacerlo a la ofensiva somos nosotros. Teniendo claro que las leyes de tránsito aplican para todos, excepto para nosotros. Yo sí me le atravieso al otro y le impido el paso. Pero si me lo hacen a mí, “¡ay, ay, ay!”; ahí sí arde Troya. 

Los demás deberían ver qué hacen. Nunca yo, que persistiré en mi costumbre de cruzar en solitario la ciudad, con un auto diseñado para cinco o siete pasajeros. Jamás obligado al incómodo e impuntual transporte público. Menos en colectivo con compañeros de trabajo y ni pensar en una moto o bici. Los otros son los culpables y deberán sacrificarse. 

Y así por el estilo: que los impuestos los paguen otros, pero no yo. Que la molestia de clasificar la basura para después reciclarla, también le toque al prójimo. Nunca a mí. Y si de paso las decisiones políticas desgastantes las pudieran pagar aquellos sectores a los que no pertenezco, mejor aún. Benditos sean. Es lo “justo”.

Mientras tanto, los papás piensan por sus hijos, a quienes no dejan tomar decisiones ni equivocarse o fracasar. Nada de lo que los convertiría progresivamente en verdaderos adultos. En seres responsables. Los docentes tampoco enseñan a pensar y resolver sino a memorizar y obedecer. Los gobernantes no deciden ni trazan el camino que conciben correcto -léase: no lideran-, aun cuando no necesariamente sea el más popular, sino que optan por “surfear” las olas que dictan las corrientes coyunturales.

Y de su lado, la mayoría de analistas políticos operan como muleta de los electores. Ni siquiera guiándolos, sino suplantándoles en ese rico ejercicio decisivo que, con toda responsabilidad, debiera corresponder a todo ciudadano con criterio. 

Los periodistas, a su vez, no solo deciden quién aparece -y por consiguiente quién existe-, sino quién es valioso, quién va, quién sigue y quién definitivamente es vetado, proscrito y olvidado. Quién no va.

Lo que más falta hoy, en esta sociedad “moderna”, es autonomía, definida esta como la capacidad de pensar y determinarse por sí mismo. Seguidores sobran.

Abunda el paternalismo, mediante el cual el padre suplanta cerebralmente al hijo, el político al ciudadano y el docente al estudiante. Ahorrándole la “molestia” de atreverse a pensar (Kant), el riesgo de asumir posiciones propias y la responsabilidad de decidir con libertad. Esto es, con autonomía.

Asistimos a una suerte de lobotomía social, mediante la cual Google hace el trabajo que antes nos implicaba toda una investigación y el resto nos lo resuelven los padres, docentes y políticos.

Y, como resultado, el ciudadano medio pareciera pensar: “pero a mí que no me pidan nada, que yo no estoy para dar sino para recibir. Estoy solo para mí”. Total, yo siempre fui el príncipe de mis papás y el rey de mis abuelos. El favorito de la “teacher” y el mimado de mis tías. Hasta el pulpero me daba de fiado y la empleada me tendía la cama.

Así que hoy no me vengan con cuentos, que yo he venido aquí por mí y para mí. Y no a tragarme esos cuentos de la solidaridad, la igualdad y la fraternidad. Yo soy yo, y ni mis circunstancias importan ya, porque, al final, siempre habrá alguien ahí para salvármelas.

Ese pareciera ser el sustrato ciudadano de muchos. El producto esperable y redundante de ese paternalismo salvaje que vengo describiendo y nos está drenando toda la esencia social que nos obliga a vernos, los unos a los otros, con el respeto que se merecen los iguales no solo en derechos sino en deberes. 

¿O qué otra cosa podemos esperar cuando se vale todo, cuando lo justificamos todo, cuando lo perdonamos todo?

 

*Abogado y profesor universitario

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Miércoles 11 Julio, 2018

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