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Opinión

Retrato de mujer con letrero

Jaime Hernández

Respirar frente a la cámara es muy difícil. La persona es consciente de que todos sus rasgos dejarán de ser suyos y pertenecerán a una narración. Uno de los momentos más delicados para todos es seleccionar esos rasgos. Se reúnen el director, el fotógrafo, el encargado de casting y el actor en un ambiente de luz y sonido controlados. Se deja hablar al actor hasta propiciar la confianza necesaria en que sus rasgos se relajan y deja su rostro tal como es. Todo el conjunto de pequeñas características comienzan a interpretar instrucciones, motivaciones, sugerencias. No pueden ser grandilocuentes porque la cámara recoge aquello como exagerado y poco natural. El director y el fotógrafo buscan algo en sus ojos que puedan cargar con la historia que se contará. Es un momento de gran concentración para todos. Un error de cualquiera de ellos puede impedir que aquel sea el rostro buscado. Es el actor quien mejor sabe de ello. Un gesto demás le dejará fuera y la fila en la oficina de entrada está llena de gente que también lo intentará. Son unos pocos segundos que valen oro. Concentración, naturalidad, gestos, miradas, todo pasará en unos segundos y que pase el próximo. Gracias. Si todo va bien le estaremos llamando. Producción tiene sus números. Diga al siguiente que pase. 

Una actriz fue seleccionada. Esta, nerviosa y feliz, es llamada cerca de las cinco de la mañana para encarnar aquella mujer. Vestuario, utilería, peluquería y maquillaje la reciben. Ya hay algunos extra caracterizados. Vestuarios sencillos, como de casa, algún humilde abrigo, zapatos de trabajo, sandalias, algún bolso. Manos a la obra: una sudadera clara cuyas mangas están recogidas en el antebrazo, cara prácticamente limpia, labios sin color. El peluquero recogió su cabello con una liga en cola de caballo y dejó un pequeño pero dramático mechón sobre su cara. No abundante. Apenas como para expresar que el personaje tan solo se dirigió al punto como estaba en la cocina. Perfecto. El coro también está listo y es ubicado cerca de nuestra protagonista. No tanto, dice el fotógrafo, no la ahoguen, déjenla en su luz. El director interviene: repitan suavemente algunas de sus palabras. No llamen la atención. Es ella y solo ella. 

Se acerca el director de arte con un rótulo como hecho a la carrera con dibujos de un hombre y una mujer casi infantiles. Signos de igual en naranja pegados con goma. El letrero es enorme pero la chica lo sostiene como si en él estuviera la más grande de las verdades. 

Acción. La voz es monótona pero en éxtasis. La chica nos sorprende. Dice sus líneas como arrancadas de un corazón sangrante. No llora, pero está a punto. Sabe que es su gran momento. Inicia un crescendo con voz agotada, gutural, mientras un coro que sabe lo que hace sostiene ad libitum algunas de sus palabras. El pequeño monólogo crece entre palabras mal dichas y errores de conjugación. Lo importante es su voz quebrada y seca. Mueve el letrero, cuya información no es muy clara, pero no importa. Sabe que lo tiene. Y es ahí cuando al ritmo marcado por un coro apenas perceptible nos lanza toda su verdad como puñal de fuego. Mira la cámara directamente y nos dice quiénes deben morir. Algo de unas cartas, algo recogido con números de referencia escritos hace más de dos mil años y lo dice fría, tranquila con su voz raspada. El coro dice los números marcando un ritmo. Ahora la mujer sabe que es su momento y deja su voz crecer aún más para que no olvidemos a quién hay que dar muerte, puños crispados en letrero ilegible. Corte. 

Diantre. Es uno de los mejores momentos de nuestra producción audiovisual. Es imposible no verla. Un retrato doloroso de nuestro momento. Un documento para la historia.

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Martes 13 Febrero, 2018

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