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Opinión

El fallo de la CIDH, democracia y sociedad

Gerardo Castillo Martínez*

Frente a la resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), y que es vinculante para el Estado de Costa Rica, de que las parejas del mismo sexo son iguales y que se debe reconocer a las personas homosexuales todos los derechos existentes en la legislación interna del país, incluido el del matrimonio, sin discriminación alguna respecto de las parejas heterosexuales, la comunidad LGTBI (Lesbianas, Gais, Transexuales, Bisexuales e Intersexuales) y los diversos grupos que la apoyan tienen razones sobradas para sentirse triunfadores de una lucha de larga data que emprendieron para que esa causa fuera elevada a la categoría de un derecho humano inalienable, y que está en ciernes de ser incorporado a la normativa jurídica. Pero también la decisión de esa Corte suscitó la reacción de los sectores sociales que, todavía con el estupor de la incredulidad, no aceptan que los valores modélicos de lo que se considera la unión civil o eclesiástica de un hombre y una mujer y de lo que es la familia, sean sacrificados en nombre de un “avance” de la democracia de ese tipo.

Sin duda, el conflicto que se creará entre las dos distintas visiones de vida será prolongado, doloroso y dividirá a la sociedad, y no cejará hasta que las posiciones distintas las dirima el tiempo. Para unos, serán “vientos renovadores” de los conceptos supuestamente fijos de las teorías de los Derechos Humanos y de la Democracia; para otros, será una regresión en ambos campos. Para quienes se habían sentido discriminados e invisibilizados por su ideología de género y por ser diferentes..., el fallo de la CIDH les dio la voz y el poder que los prejuicios les negaron. Para la mayoría de hombres y mujeres que descalifican ese dictamen del órgano supranacional, será la constatación de que “ser más en número” en la sociedad costarricense no garantizaba que las leyes que normaban la heterosexualidad y la institucionalidad que la sostenía y reproducía, era el criterio omnipresente imposible de modificar.

De ese “choque” de concepciones emergió ya un desafío moral y cultural de hondo calado para las generaciones que crecimos y fuimos educadas viendo un hombre y una mujer, sexualmente definidos, que enlazaban sus vidas para construir una familia; reto que deberá ser encarado “abriendo la mente”, paliando el miedo que ocasiona lo desconocido, y adaptándose a lo que presuntamente es inevitable, en un contexto en que habrían de pasar quizás varias generaciones para que la “uniformidad social” en relación con la aceptación de la diversidad sexual sea una realidad.

Tanto “ganadores” como “perdedores”, en esa batalla de los sexos, se sorprendieron de las bondades y riesgos de la Democracia; los primeros, han lanzado vítores por la reivindicación de sus derechos a tener una identidad sexual, que fueron conculcados largamente por la incomprensión, la (auto)exclusión, y el “encasillamiento” médico, y también por el convencimiento de que los “contornos” de esa democracia podían “moverse” para llegar a cubrirlos y protegerlos; los segundos, lamentan que ella deba “abrirse” a ideas, conceptos y legitimaciones institucionales que no son compartidas; quieren constreñir la interpretación de esa forma de convivencia social a sus visiones de lo que debe ser el mundo según los valores que adscribieron y defendieron.

La medida tomada por la CIDH ha ocasionado un cisma organizacional, político y sicológico de profundas dimensiones. Los aparatos públicos encargados de tutelar y de aplicar esa resolución deberán adaptarse al nuevo paradigma, reformular sus programas y procedimientos, y reentrenar a su personal para el tratamiento de los casos y la atención de los nuevos “clientes” que accederán a los servicios. Los partidos políticos no podrán dar “la espalda” a esta transformación social, so pena de quedar desfasados de las preferencias electorales, y “la otra parte de la sociedad” tendrá que reaprender que las identidades sexuales de muchas personas no necesariamente se corresponderán con determinado cuerpo masculino o femenino o que ciertas características físicas, ideológicas y emocionales solo pertenecen a uno u otro de los “modelos” tradicionales conocidos.

 

*Politólogo

 

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Viernes 09 Febrero, 2018

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