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Opinión

La anormalidad como producto de exportación

Edgardo Moreno*

Hace pocos años en un foro organizado por la Cátedra Humboldt sobre las vicisitudes de América Latina durante el siglo XX, el escritor Sergio Ramírez Mercado argumentó que gran parte de la literatura de la región se nutre de lo que él llamó la “anormalidad” de los latinoamericanos. Ramírez explicó que esa rareza se plasma en muchas de nuestras acciones: desde el errático liderazgo de los caudillos y las tragedias del narcotráfico, hasta las masacres sin sentido. Don Sergio razonó que esa anormalidad constituye un sustrato rico en el que la creatividad surge de la cruda mirada sobre la realidad y, por tanto, una fuente abundante de temas de los que él y otros escritores se alimentan.

Sin indagar sobre las causas, es evidente que además de la literatura el usufructo “constructivo” de esa anormalidad se refleja en muchas otras disciplinas tales como el folclor, el arte, la política y hasta el futbol. 

Por ejemplo, ahora las “narconovelas” prevalecen sobre los “culebrones” de Corín Tellado; en las propuestas de arte contemporáneo latinoamericano predominan los temas relacionados con las pandillas, las desapariciones, los asesinatos, la desigualdad y la discriminación, solo para mencionar algunos. En política, Ortega recapitula el Estrecho Dudoso y Maduro habla con pajaritos. En el futbol, Maradona se nombra santo y el Papa Francisco se declara el fanático número 8.235 del San Lorenzo de Almagro, club que milagrosamente se salva del descenso.

La concepción de Ramírez evoca la teoría de las ventajas comparativas propuesta por el economista David Ricardo a principios del siglo XIX. Esta plantea que en el comercio internacional los países tienden a especializarse en la producción de bienes que fabrican a un costo relativamente bajo respecto al resto del mundo, y que esa “ventaja comparativa” les permite vender bienes para comprar los que necesitan y no producen.

Aunque la mayoría de las teorías económicas se aproximan más a las predicciones de un mal apostador que a propuestas científicas, pareciera que la profecía de David Ricardo se ha cumplido en América Latina. A partir de la anormalidad imperante, los países de este subcontinente se han empeñado en producir patrimonios intelectuales que reflejan la miseria y desventura. Los infortunios latinoamericanos, plasmados en obras, se han convertido en los principales productos de exportación intelectual y de más alto valor agregado.

Lo seductor del asunto es que el banano, la piña, el cacao, el azúcar, el café, y más recientemente las drogas, no han sido los productos que marcan la identidad productiva de Latinoamérica. Antes que nada, han sido la anormalidad de la tragedia humana inmersa en su manufactura y tráfico los principales productos de exportación de un Macondo que va desde el Rio Bravo hasta Ushuaia en la Patagonia. Es la raíz misma de nuestra industria, por la que más nos conocen y valoran.

La propuesta sobre la “anormalidad” desconcierta. Los latinoamericanos no sabemos a ciencia cierta cuál es la calidad del producto que ofrecemos. Confundimos el panfleto con literatura, el reclamo con poesía, la superstición con ciencia, el cacharro con la obra de arte, los enseñaderos con universidades y a los corruptos con gobernantes. No adivinamos si los personajes de las novelas de Amado, de Asturias, de Fuentes, de Márquez, de Rulfo y de muchos otros, son el producto de una realidad existente, o es al revés: es la imaginación latinoamericana la que genera esos seres anormales que después se vuelven realidad. Sobre ellos se escriben biografías en forma de novelas y los juglares criollos evocan cantos. Mediante la incorporación de esos temas, las obras literarias y artísticas “ganan valor” para luego ser empaquetadas y exportadas a todos los países. Pero en última instancia, ignoramos cuánto cuestan; mientras las compren y exhiban, vale la pena…

La incógnita es si Latinoamérica algún día dejará de ser ese loco pariente de Occidente, que espanta al mismo tiempo que divierte,y que lo único que se espera de él es una novela genial, una canción para bailar o una gambeta que termine en gol. ¿Será posible que esa representación esquizofrénica de la producción latinoamericana pueda algún día terminar, y que los nuevos temas que ocupen a escritores y artistas sean otros y no el reflejo de la anormalidad latinoamericana que lo atrapa todo?

La “herida colonial” de la que habla Walter D. Mignolo está lejos de ser sanada. 

Esto se debe a muchos factores, entre los que destaca la falta de comprensión e identificación de los mecanismos generadores de cultura, los que están enmarañados en las propias raíces de nuestro origen mixto. ¿Podría ser que la “anormalidad” de la que habla Sergio Ramírez constituye en realidad nuestra normalidad? Si fuere así, entonces es sobre ella que hay que construir; solamente hace falta saber cómo. Ante los ojos de Occidente parece fácil, solo falta voluntad y dos mil años de historia. No hay remedio, somos ellos y no lo somos.

 

*Programa de Investigación en enfermedad tropical, UNA.

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Martes 16 Enero, 2018

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