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Opinión

El anti-multilateralismo de Trump

Pablo Barahona Kruger*

Afirmar que los paradigmas del Presidente de Estados Unidos son estrechos no aporta mayor novedad ni debe sorprender a nadie a estas alturas. 

Sostener que a Donald Trump le importa un carajo cualquier otra melodía que no sea la de las máquinas tragamonedas de sus casinos o el blin blin de sus cuentas bancarias, o incluso el brillo marmóreo de sus seudoimperiales aposentos, tampoco viene al caso. Eso, al final de las sumas y las restas, no interesa, tanto por evidente como también por nimio. En una palabra: por irrelevante. Si acaso son síntomas orbitales de lo que se viene y realmente importa.

Porque todos esos antecedentes son tan obvio como lo es que a un empresario impetuoso, sin mucho escrúpulo y curtido en una de las ciudades más materialistas y mafiosas del mundo (New York), todo lo que no sea negocio le termina resultando aburrido y baladí. 

Lo suyo es lo empresarial y, ciertamente, también un poco el show o el espectáculo. La política viene siendo, si acaso, un experimento para él. De tal suerte que bien podríamos figurarnos a un chiquillo fastidiado de jugar Monopoly toda su vida, y que de pronto decidió cambiar su tablero para aprender a divertirse con Risk. O que dejó de ver Ricky Ricón para seguir la saga de Juego de Tronos. Ya no juega con terrenos y bancos sino con países y organismos. Pero, y aquí viene lo más serio, resulta que ese infante ya no se divierte con caricaturas sino que tomó por asalto la realidad. 

Así las cosas, digámoslo de una buena vez: Donald Trump es un analfabeto político a carta cabal. Y también es un misógino retrógrado y un demonio anti ambiental. Todo eso se suma a muchos calificativos más, que no necesariamente superarían ni la más laxa de las censuras en un periódico serio como este. Pero eso no es lo medular o lo que realmente importa desde que quiso el destino –léase: un pueblo tan ignorante y cuadrado como el suyo- que fuera un personaje así el que condujera lo más delicado que existe en el mundo: la política de todo un país. Y para terminarla de hacer, no de cualquier nación sino de la potencia militar, económica, cultural y política, más indiscutible que ha conocido la humanidaad en el último siglo y medio.

Juego de sillas. Los tontos suelen ser irrelevantes. Pero solo hasta que se alzan con el poder. Siendo el más tonto de los tontos, el apático. Aquel que ni siquiera lo ve venir pero después se resigna a bailar con ese, aún más tonto que él pero lanzado e insistente. Desvergonzado incluso. ¿Quién podría ser más tonto que el que le cede el liderazgo al nefasto, al inútil o al corrupto? 

En política no hay sillas vacías. O lo que es igual: nadie es imprescindible. Si los buenos no se meten, los otros lo harán. Porque los tontos, si algo tienen, es que son aprovechados. Oportunistas contumaces.

Y bueno, entre ese par de angelitos político-empresarios que son Hillary y Donald la masa optó por el más “sincero”. Por el que no piensa mucho lo que dice y siempre dice lo que piensa, en vez de la que nunca ha dicho lo que realmente piensa y siempre ha calculado excesivamente lo que dice. El pueblo norteamericano penduló entre lo tradicional y lo rupturista. Entre lo viejo y simulado o lo nuevo y de alguna manera auténtico. Equivocado pero auténtico. Esa fue la “lógica” de la última campaña electoral estadounidense que, por cierto, viví desde el corazón de la política de ese país (Washington, D.C.)

Uno puede disentir con sus decisiones y aún más con sus comunicaciones, pero a Trump hay que concederle, al menos, que a nadie debe sorprenderle lo que está haciendo. Y no porque sea concebible para nosotros. Mucho menos aceptable o defendible. Sino porque él lo advirtió. Ha sido desde un principio tan políticamente incorrecto como a nadie se le había ocurrido y sobre todo como nadie se había atrevido. Pero esa es su versión, su lectura, su paradigma y lo demás son derivas, antipolíticas si se quiere, pero no por ello incongruentes con él. Trump no es anti Trump, por así decirlo. Y difícilmente lo será. Él no muta camaleónicamente como el común de los políticos. Él es él y punto. 

Anti multilateralismo. El mundo de Trump le cabe en el ombligo. Su cortoplacismo ambiental, su imprudencia nuclear y, aún más, su anacronismo multilateral, así lo patentizan. 

El mundo de Trump es chiquito. Se divide en dos: Estados Unidos de este lado y por allá –ojalá bien lejos- el resto de Naciones. 

Reagan hizo lo suyo, eso es cierto, pero con mucho carisma y asesoría. Ese sí que jugaba un ajedrez que, cierto es, en nada nos convino a los países periféricos, pero que se podía entender en los tableros mayores en los que decididamente jugó anclado a sus tesis y, sobretodo, a sus prejuicios. 

Trump en cambio, es más bien ocurrente, histriónico y absolutamente megalómano. De ahí que cuando se le agota la mecha de un escándalo, brinca al próximo en busca de luces, así sea agraviando a otros Jefes de Estado, denigrando nacionalidades, razas y religiones enteras, e incluso, amenazando la coexistencia pacífica en el planeta. 

Su programación para debilitar la ONU pasa por su retiro de la UNESCO. Bofetada mayor a la cultura y el entendimiento civilizado. 

Sus ofensivas diplomáticas contra acuerdos sobre el calentamiento global, el de no proliferación de armas nucleares, e incluso el acuerdo con Irán que Estados Unidos lideró en su momento, muestran a un Trump en guerra con el multilateralismo. Efectista en su apreciación de la diplomacia y escaso en su ajedrez político. Escasísimo habría que decir más bien.

Otra prueba irrefutable de ese anti multilateralismo fue su reciente amenaza de invasión militar a Venezuela. Una barbaridad que es a la vez otro anacronismo, independientemente de que el propio exilio venezolano y el ala más reaccionaria de la oposición venezolana, pro norteamericana desde su cuna petrolero-rentista, lo implore desde el hígado y sin mayor reflexión ni sentido patriótico. 

El mundo está involucionando a punta de patadas. Las de Trump. Dirigiéndose frenéticamente hacia formas típicas de la Guerra Fría. Y, al parecer, sin importar mucho que el mundo ya no este para eso. 

El unilateralismo ha regresado de la mano de Trump, tal como lo previnimos cuando él apenas estaba en campaña y advertimos su triunfo sobre Clinton, sin que nadie prestara mucha atención a ello por cierto, incluidos los más citados y repetitivos analistas, tanto aquí como allá. Como, por cierto, no pareciera preocuparles mucho hoy, lo que se viene de la mano de este peligroso anti multilateralismo trumpiano. 

*Abogado y exembajador 

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Martes 14 Noviembre, 2017

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