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Opinión

Vientres de alquiler en política

Luis París Chaverri*

En teoría, los partidos políticos son fundados por un grupo de ciudadanos interesados en promover, impulsar y concretar una visión compartida sobre el rumbo que el país debe transitar para lograr el progreso económico y el bienestar de sus habitantes.

Esos ideales y propósitos comunes constituyen la plataforma ideológica y la propuesta programática que plasman en sus cartas fundamentales o actas constitutivas y en los programas de gobierno que presentan a consideración y escrutinio de los electores.

Sin embargo, en nuestro escenario político actual, la realidad es otra. En la mayoría de las agrupaciones políticas nacionales son frecuentes las divergencias y las disensiones internas, lo que evidencia que entre sus líderes existen relevantes diferencias y manifiestas contradicciones con respecto a los objetivos y los mecanismos planteados en los proyectos originales. 

Así lo pudimos apreciar en los debates y las entrevistas de los precandidatos presidenciales de diversos partidos, cuando, con el afán de descalificar al compañero, se acusaban mutuamente de desviaciones e incongruencias con el ideario partidista.

Para diferenciarse de sus competidores, los precandidatos no se limitaron a exponer sus cualidades personales, capacidades, conocimientos y trayectorias, sino que se esforzaron por hacer patente las diferencias ideológicas y programáticas, a veces abismales e irreconciliables, como si, en lugar de ser correligionarios a los que identifica y une un planteamiento prefijado y preciso, fuesen miembros de partidos antagónicos.

En consecuencia, los procesos internos para elegir los cargos de la estructura partidaria y definir las candidaturas a puestos de elección son objeto de una lucha encarnizada y fratricida en la que campea el ataque personal, la calumnia, la insinuación perversa, el “canibalismo político” en su máxima expresión.

Estas reyertas, que sin duda fracturan y debilitan a los propios partidos, son una aberrante e inconveniente práctica que ha contribuido a generar una percepción negativa de la política y un sentimiento de suspicacia hacia los políticos.

La confusión ideológica, la crisis de identidad y la prevalencia de las aspiraciones personales sobre el proyecto común, convierten a los partidos más consolidados y con significativo caudal de votos en simples maquinarias electorales y en apetecibles franquicias o “derechos de llave”. 

Pero también existe otro tipo de partido, el partido “cascarón”, inscrito a nivel cantonal, provincial o nacional en el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), que en realidad no cuenta con cuadros dirigentes, ni base partidaria y cuya participación en anteriores procesos electorales ha sido un rotundo fracaso.

Algunos de estos “cascarones”, en los que se hace la voluntad de su representante legal y quien lo negocia como si fuese mercancía, han sido utilizados por algunos dirigentes políticos, en el pasado, como “partidos turecas” y, más recientemente, como “vientres de alquiler”, como ocurrió con varios casos en la elección de alcaldes del 2016.

Esa nueva modalidad también tendrá presencia en las elecciones de febrero próximo, pues hace algunas semanas un auto proclamado candidato presidencial, quien no quiso asumir la fatiga de fundar un partido nuevo, si no que andaba buscando algún “cascarón” inscrito a nivel nacional, finalmente encontró uno propicio que le servirá como “vientre de alquiler” a su candidatura. 

Aunque los alcances y detalles del convenio entre el infatuado candidato y el titular del partido en cuestión no han trascendido, sí es evidente -por el conocido talante autosuficiente y mesiánico del candidato- la naturaleza personalista del proyecto fraguado.

Y es que pareciera que para los protagonistas de este trato, las ideas, los programas, los planes, la existencia de un equipo bien avenido y compenetrado, no tienen importancia alguna, que para ellos estos elementos no son útiles ni necesarios para la buena gestión de un gobierno.  

Lo más probable, entonces, si acaso el candidato lograse su objetivo, es que haga suya la famosa frase “después de mí, el diluvio”, atribuida a Luis XV, rey de Francia, quien tenía una personalidad ególatra, enferma de poder y al que poco le importaba el destino de su pueblo.   

Si las crisis de los partidos mejor estructurados es preocupante, puesto que su deterioro afecta la calidad de su desempeño en la gestión de los asuntos públicos, la incursión de esta modalidad de “vientre de alquiler” constituye un peligro y un atentado contra nuestro sistema democrático, ya que desvirtúa la esencia y la misión de los partidos y menoscaba el altruista propósito de la actividad política.

 

*Exembajador

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Miércoles 13 Septiembre, 2017

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