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Opinión

En la sinagoga

Juan Luis Mendoza

La referencia la tiene usted en Marcos, capítulo 1, versículos del 21 al 31. La Biblia de Jerusalén titula ese trozo así: Jesús enseña en Kafarnaún y Curación de la suegra de Simón. El Padre Larrañaga dedica en su libro el Pobre de Nazaret algunas consideraciones de las que me hago eco en este escrito.

Todo ocurre en la sinagoga de Kafarnaún y en sábado. 

Como detalle curioso, decir que los hombres y las mujeres se acomodaban por aparte separados por una hilera de columnas. 

De acuerdo con las normas tradicionales, después de proclamar algún fragmento bíblico, el archisinagogo da la palabra a los hombres para comentar lo leído, explicarlo a su modo y eventualmente responder preguntas. 

Jesús aprovecha la oportunidad para presentar sus “novedades”, ya que se trata de un grupo, en general pescadores, abiertos y dispuestos a acogerlas con interés y hasta con entusiasmo. 

Así, pues, se levanta de su sitio y va a ocupar el ambón ante la expectación de todos. También curiosidad, pues la mayoría ignora quién es, a no ser los que lo vieron ya hablar y actuar poco antes en Jerusalén.

Los oyentes conocen la eficacia de la semilla que siembra el labrador en el campo. 

Él, Jesús, se propone esparcir la semilla de su palabra en sus corazones con la confianza de que fructifique en ellos y los transforme, convertidos en testimonios de luz. Y ahí van algunas enseñanzas.

Junto al reproche, la doctrina correcta. 

Los que oran en la plaza pública para que los vean y alaben. Su vanidad es su única recompensa. Al contrario, para orar al Padre, que ve en lo escondido y les escucha ahí, buscar un rincón del cuarto y esperar ser atendidos y que les conceda lo que piden.

Ojo, con la riqueza, les advierte a los oyentes. 

Ellos saben bien que los bienes materiales se les pueden robar los ladrones o roer la polilla. Hay que cuidarlos mucho. 

Y mejor acumular esos tesoros, las buenas obras que no pueda roer la polilla ni robar los ladrones. 

En todo caso, entender que no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero, porque donde está nuestro tesoro, está nuestro corazón.

En general, la gente sencilla del pueblo sale de la sinagoga satisfecha de lo explicado por Jesús. 

Y, en particular, los hombres más conspicuos de Kafarnaún, se preguntan entre ellos quién puede ser y de dónde viene, pues notan que habla con autoridad, a diferencia de los doctores de la Ley y los fariseos.

Palabras y hechos. En efecto, el mismo san Marcos nos cuenta la curación del endemoniado. Sin entrar en detalle de la posesión diabólica o de enfermedades de índole mental, la cosa es que Jesús interviene con su poder divino para liberar a un ser humano del dominio del Maligno que empieza por reconocer después de todo quién es: “Yo sé quién eres: el Santo de Dios” (Marcos 1,24). Consecuentemente, ordena: “Cállate, sal de este hombre”. Y ya. Sobreviene con la liberación, la paz. Los que han escuchado las enseñanzas de Jesús y presenciado su actuación, concluyen: “¿Qué es esto? ¡Una nueva doctrina expuesta con autoridad! Manda a los espíritus inmundos, y estos les obedecen” (Marcos 1,27)

Y este otro hecho. Discretamente, Jesús se aleja de la escena y se dirige a la casa de Simón Pedro, cuya suegra está enferma. Le piden su curación y, con toda naturalidad, la toma de la mano y ayuda a incorporarse, libre de la fiebre.

Enterados los vecinos y ya al anochecer, un sinnúmero de ciegos, sordos, tullidos e inválidos de la ciudad se agolpan ante la casa de Pedro. San Marcos puntualiza: “Toda la ciudad se había reunido a la puerta” (Marcos 1,33). Por su parte, el Padre Larrañaga añade: “Así, pues, con infinita piedad, fue Jesús imponiendo las manos sobre cada enfermo, y de aquellas manos emanaba una energía irresistible de vida, salud y resurrección”.

Hay algo, no obstante, que inquieta a Jesús. Es la declaración de su filiación divina y mesianismo. San Lucas nota: “Y de muchos salían los demonios gritando y diciendo: Tú eres el hijo de Dios. Pero él los conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Mesías” (Lucas 4,45). ¿Un Mesías político y liberador? Ahí estaba el equívoco que el Pobre de Nazaret quiere evitar a toda costa: un mesianismo temporal, triunfal. Esto entendido, san Marcos concluye: “Su fama se extendió por todas partes, por toda la región de Galilea” (Marcos 1,28).

Seguimos otro día, Dios mediante.

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Sábado 20 Mayo, 2017

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