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Opinión

La adopción es un acto de amor, no un favor

Editorial

Es frecuente escuchar a muchas parejas manifestarse negativamente contra el Patronato Nacional de la Infancia (PANI) sobre el tema de las adopciones, igualmente la ciudadanía posee un concepto poco favorable de la labor institucional en general. 

 

Pero bien lo dice el dicho, “Al César lo que es del César”, y no hay nada peor que hablar sin antes conocer en detalle algunas situaciones que enfrenta la entidad, no con el afán de tapar las debilidades, sino por el contrario con el objetivo único de colaborar en mejorar la vida de muchos niños, niñas y adolescentes que requieren dicha atención.

 

Primero es necesario aclarar que no todos los menores de edad que permanecen en albergues o casas de cuido del PANI pueden ser adoptados. La mayoría de estos pequeños vive bajo la protección del Estado, pues fueron separados de sus familias por situaciones particulares, podrían eventualmente regresar con sus seres queridos si así lo demanda un juez. 

 

Otro de los errores frecuentes es pensar que si estas personas no vuelven a sus viviendas serán de inmediato dados en adopción; no funciona así, hay un proceso judicial que demora tiempo para declarar a los menores en estado de abandono y ahí es cuando se analizan las opciones de nuevos padres o encargados. 

 

Es cruel decirlo de esta forma, en la mayoría de los casos los afectados ya están un poco crecidos y son las familias que se inscriben en el patrón de interesados en adoptar los que se niegan a hacer las gestiones. 

 

Así de sencillo, esta es una realidad que no conviene contar, pero es la verdad. Según expertos del PANI, los mayores de cinco años no gustan a las parejas, es decir son marginados por quienes en algún momento deciden ampliar la familia. 

 

La misma institución lo reconoce, existen deficiencias y para nadie es un secreto que el presupuesto es limitado, pero ello no justifica que los procesos de adopciones sean largos, engorrosos y a veces muy costosos. 

 

El sol no se puede tapar con un dedo, y en eso hay que ser sincero, cuando se habla de adopciones en este país, hay quienes piensan solo en llevar a casa bebés recién nacidos, con X o Y características, que se parezca a la familia entre ellas.

 

Bueno, eso será imposible. De boca de los propios jerarcas este medio de comunicación supo que hay parejas que se dan el lujo de renunciar a ser padres de un menor de nacionalidad centroamericana por ejemplo, o bien con la piel oscura (moreno o de raza negra). 

 

Peor aún, hay quienes niegan la posibilidad de acoger a un pequeño si conocen que la madre es adicta, prostituta o privada de libertad. 

 

Y hay algo más, los niños y niñas que hoy permanecen en albergues del PANI y que podrían tener una nueva vida, experiencias y amor, siguen ahí porque los interesados en adoptar no querían, así como suena, menores con alguna discapacidad. 

 

Entonces con qué propiedad hablamos en este país de la mala gestión del Patronato, si tomamos en cuenta que las familias con deseos de amparar a un chiquito son selectivas. 

 

Los menores que esperan una oportunidad y que por razones distintas deben ser dados en adopción tienen derechos, estos no se encuentran por debajo de los intereses de nadie. 

 

Si una pareja y una familia quieren con el alma ser padres -porque la vida o la naturaleza no les dio esa oportunidad- deben entender que sus necesidades no son la prioridad, se trata de niños, de bebés que esperan primero ser aceptados y respetados; por ahí comienza el amor. 

 

No es justo que cientos de personas se lancen a buscar un pequeño para adoptar pensando que eso vendrá a remediar inconvenientes físicos o psicológicos. 

 

Adoptar a un infante es amarlo tal cual es; respetarlo desde que se piensa en la posibilidad de dar una vida en familia, pero no depende jamás de su apariencia física o de su color de piel, mucho menos de su origen. 

 

Hay niños esperando tener nuevas oportunidades y no está justificado que se antepongan los ideales familiares a las necesidades de los menores. 

 

Entonces sí hay opciones, solo que habría que analizar realmente con qué objetivos acuden las parejas en busca de un niño. 

 

Los pequeños que esperan en un albergue no se fijarán si sus nuevos padres son flacos, gordos, con discapacidad, pobres o adinerados, profesionales y de origen humilde, extranjeros, blancos, negros o chinos. 

 

¿Qué pasaría si el proceso de selección fuera a la inversa?, pues además de tener condiciones para asumir un integrante en la familia, hay ingredientes que todo lo superan: son el amor y la incondicionalidad, que no hacen reparo en las capacidades de los niños y niñas. 

 

Y si muchos de ellos están el PANI sin opciones habrá que analizar cuándo y cuántas veces fueron marginados por parejas interesadas. 

 

Si el PANI tiene que lidiar con los gustos extremos de los adultos, que difícil, porque de eso no se trata y de ahí es comprensible que haya una larga lista de no elegibles.

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Martes 11 Agosto, 2015

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