• Anoche en Hatillo: verdugo le disparó cinco veces
ABRAZÓ A VÍCTIMA ANTES DE MATARLO
FABIÁN MEZA
fmeza@diarioextra.com
Fotos: Gesline Anrango
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Policías custodiaban el cuerpo de Diego Rojas Marín.
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Un testigo observó todo, a poca distancia. Diego Rojas Marín llegó por el carro que dejó reparando en el taller Nova, ubicado en el centro de Hatillo.
Se bajó de una motocicleta que parqueó en la acera. Detrás de él llegaron dos hombres que parecían ser sus amigos. Apretón de manos, un rato de conversación amena y risas. El testigo nunca observó semblante intranquilo en los tres, que incluso bromeaban.
Pasaron pocos minutos y se despidieron hasta con un efusivo abrazo. Rojas dio la vuelta y uno de los hombres sacó un revólver calibre 38 y vació el tambor en el pecho del joven que cayó abatido frente a su carro, un Hyundai Elantra de placa 370494.
A quemarropa, sin aviso, los impactos fulminaron a Diego. Cayó abatido, mientras los dos asesinos se motaron a la motocicleta, dándose a la fuga, a la 7 y 30 de anoche.
El aviso oportuno de uno de los testigo del crimen que pinta más a ejecución por algún problema personal hizo que la policía se moviera por todo el sur de la capital tratando de darle caza a los criminales.
Sin embargo, la motocicleta se esfumó.
Sólo dejaron una de las pruebas que para resolver homicidios es vital: el arma con que dieron muerte a Diego.
Apareció botada cerca de la escuela de la Ciudadela 15 de Setiembre.
A simple vista se observaba que al revólver le faltaban las cinco balas que quedaron impregnadas en el cuerpo de Rojas, las que le quitaron la vida.
Los cuerpos de rescate llegaron a confirmar la muerte del joven, vecino de Pavas.
No se movía, no respiraba, no respondía a estímulo alguno. Quedó muerto sobre la acera, mientras empleados del taller y policías le hacían sombra y trataban de llamarlo. Él ya no escuchaba.