Bernardo Aguilar González*
Costa Rica recibió la buena noticia de que se le ubica en el tercer lugar mundial en el Índice de Conservación Ambiental, que fue desarrollado por las Universidades de Yale y de Columbia en los EEUU y presentado en el Foro Económico Mundial en Davos. No hay duda de que en términos relativos es un honor que llamará la atención a potenciales benefactores de nuestro país. Es un indicador desarrollado por dos universidades muy reconocidas. Sin embargo, conforme lo describe el mismo indicador, una vez que se examina con cuidado, no hay que caer en el triunfalismo de que todo está resuelto.
Esta es una medida agregada. Como tal, refleja aspectos en los que andamos muy bien en términos absolutos y relativos. Algunos de éstos son debidos a la riqueza intrínseca de nuestro capital natural más que a un buen manejo. Ese es el caso de indicadores como la vitalidad de los ecosistemas, las existencias de pesquería o las existencias para la oferta hídrica, en los cuales somos muy afortunados. Sin embargo, en este último, el indicador no distingue diferencias regionales, como es el caso del Pacífico seco, donde la oferta hídrica es más crítica y, por ello, la población más sensible a los conflictos ambientales (recordemos el caso de Sardinal). En otros casos el indicador refleja buenas medidas de política ambiental que se han tomado a través del los años. Ese es el caso de indicadores del sector forestal, políticas de cambio climático, de protección del ozono y del bajo nivel de subsidios agrícolas ambientalmente perversos. Pero hay otros componentes en los cuales andamos relativamente mal, o que no se consideran en el indicador.
Entre los aspectos que no se consideran en el indicador, está el caso de las concesiones mineras, uno de los problemas más latentes hoy día en la opinión pública del país. Asimismo, hay aspectos en los cuales el indicador muestra que no andamos bien ni a nivel relativo. Ese es el caso de la intensidad de carbono de nuestra industria (lugar 114 del mundo), regulación sobre pesticidas/agroquímicos (lugar 76), cantidad de áreas marinas protegidas (lugar 55), emisiones de dióxido de sulfuro (lugar 70), emisiones de óxido nitroso (lugar 113), calidad del agua (lugar 101), acceso a agua potable (lugar 51), acceso a alcantarillado sanitario (lugar 45), contaminación del aire dentro de las casa y edificios (lugar 76), particulados en el aire en las zonas urbanas (lugar 81), protección de biodiversidad y hábitat (lugar 55) entre otros.
Así, el retrato del país, aunque bueno a nivel agregado, muestra deficiencias propias de políticas contradictorias y de la paradoja del desarrollo urbano del país pobremente planificado y ejecutado. Podría decirse que en términos de conservación y desarrollo sostenible hay dos Costa Ricas. En la parte que lo hemos hecho bien, ello nos catapulta a nivel mundial. Sin embargo, sentimos los aspectos en los que no andamos bien en las filas de las paradas de buses en las que tragamos humo de diesel y otros contaminantes. Asimismo, sabemos que desde hace años Costa Rica sobrepasó, en razón del aumento del consumismo, su biocapacidad, por lo que nuestra huella ecológica es un poco deficitaria.
El prestigio internacional que genera este reconocimiento debe ser usado para promover los modelos de desarrollo verdaderamente sostenible que se están implementando en el país. Un ejemplo es el ecoturismo rural comunitario, que tiene como beneficio adicional la democratización de la economía. Igualmente los conceptos avanzados en diseño y manejo de áreas protegidas. Sin embargo, nuestra meta debe ser el 100, no el 86 que tenemos hasta ahora. Para llegar a esa nota y ser una verdadera estrella mundial, debemos ser autocríticos, mejorar en las áreas que el mismo indicador nos sugiere, y usar nuestro liderazgo internacional para sugerir que el indicador se mejore incluyendo aspectos en los que es omiso.
*Director Ejecutivo Fundación Neotrópica.
El prestigio internacional que genera el reconocimiento debe ser usado para promover los modelos de desarrollo verdaderamente sostenible