PRISMA
LA FELICIDAD SE APRENDE
Por Mario Ugalde C.
Subdirector
mugalde@diarioextra.com
El ser humano no nace feliz o infeliz, sino que aprende a serlo; con la felicidad nadie se encuentra a la vuelta de una esquina. No es como la lotería, que llega un día de repente. Es algo que tiene que forjar cada uno, aprendiendo a ser feliz.
¿Pero se puede ser totalmente feliz? Total y absolutamente feliz, no. Toda vida humana tiene momentos de dolor, y lo habitual es que sean frecuentes y que llenen la vida de cicatrices que van curtiendo a la persona. Cualquier biografía, está surcada por cordilleras de obstáculos y frustraciones. Asomarse a la vida ajena es descubrir sus desgarros, las señales de la lucha con uno mismo y con su entorno, pero también la grandeza del esfuerzo por salir adelante, por eso que se llama vivir. La vida es un forcejeo permanente con las adversidades, un intento por solucionar las dificultades, apoyado por el amor y el trabajo.
No debe confundirse la felicidad con algo tan ficticio como es querer pasar toda la vida en un estado de euforia permanente o de continuos sentimientos agradables. Quien pensara así, estaría casi siempre triste, se sentiría desgraciado, y su familia probablemente también.
Digo que su familia también, porque los hijos, sobre todo cuando ya no son tan pequeños, notan todo eso perfectamente. Muchos padres viven con la idea romántica de que los chiquillos no se enteran de nada de lo que pasa en la casa, que son felices y se pasan el día riendo y jugando, disfrutando con sus cosas y ajenos a la tristeza de la familia.
Sin embargo, quizá detrás de la pureza de su sonrisa, o de esa mirada preocupada, lo ven todo. Y reflexionan. Muchos sienten una terrible soledad. A lo mejor no tienen con quién hablar, a quién contarles que sufren viendo el ambiente afligido de sus padres y de toda la casa.
Pero la tristeza o la alegría es algo que depende mucho de la disposición hacia ella con que haya nacido cada uno... Cada uno nace con una cierta disposición a la alegría, con distinto humor. De acuerdo. Pero, junto a ello, para llegar a la alegría es preciso luchar por alcanzarla e incorporarla a nuestro carácter. ¡Pero de que ahí está... está!
Es fácil cuando uno no tiene preocupaciones, pero es necesario hacerlo para alejarlas. Y debemos superar esos bajones en el estado de ánimo, y quizá dejar alguna cosa que no es tan importante y sacar tiempo para sentarse un rato a charlar con el resto de la familia, aunque a lo mejor no le apetezca mucho, será el momento de proponernos alcanzar metas que mejoren el ambiente de la casa, esas gratificaciones mutuas que llenan de alegría el hogar.
Reflexionemos sobre el modo con el que afrontamos las cosas negativas, y así, al conocer las cosas que le hacen a uno sentirse desgraciado quizá podemos combatirlas mejor.
Si nos detenemos a pensar un minuto, a lo mejor caemos en cuenta de que estamos esperando circunstancias que de seguro no van a llegar. Pensamos que seremos felices cuando no tengamos esas preocupaciones, o cuando vuelva la salud perdida, o cuando finalice aquella ocupación absorbente, o cuando sea, pero siempre queda como algo lejano. Pero ¿saben una cosa? cuando pasen las circunstancias actuales llegarán otras, y corremos el peligro de consumir la vida esperando algo que nunca llegará, por eso comencemos a construir nuestra felicidad hoy, esta es una decisión de hoy y para hoy.