
Después de Copenhague
BernardoAguilar G. (*)
Mientras esperaba ansioso los resultados de las últimas negociaciones de la reunión de Copenhague, veía una de las mejores películas de los últimos años: Feliz Navidad (originalmente Joyeux Noël) del director Francés Christian Carion. Los resultados de la cumbre de Copenhague y su posterior reflexión me obligan a compartir.
Ésta es una época de meditación, de fines y principios, de resoluciones. Se podría decir que los resultados de las dos semanas de negociaciones en Copenhague son una invitación al cinismo.
Lo cierto es que para salvar cara los líderes de los países emergentes dominantes (China, India, Brasil, Suráfrica) y los EEUU propusieron en lo que se presenta como el “Acuerdo de Copenhague” un caldo de pollo ralo.
En breve, el acuerdo se pierde en enunciados, sin metas exigibles y ni siquiera obliga a obtener un nuevo compromiso de reducción en las emisiones en un plazo perentorio.
Es una expresión de buena voluntad que, a menos que se concrete en instrumentos más sólidos, se perderá. Las discrepancias que llevan a ello: la agresiva posición de los países en desarrollo pidiendo mayores reducciones en emisiones que las que los países desarrollados están dispuestos a comprometer, la a veces incierta voluntad de comprometer recursos económicos para este esfuerzo planetario y la resistencia de gobiernos como el chino de someterse a los mecanismos de verificación de reducción de emisiones que le exigen entre otros los EEUU.
El origen de este entuerto está, entre otros factores, en la crisis que una vez más queda plasmada en realidades del sistema de derecho internacional y su creciente distancia con los designios del poder económico internacional, obcecado, manipulador, no preocupado más que por sus mezquinos privilegios. En esta reunión ya la tradicional ausencia de muchos países árabes, embriagados de petróleo, y la inexplicable ausencia de muchos líderes latinoamericanos (en tanto tenemos algunas de las mayores reservas de recursos para combatir el cambio climático) anunciaba problemas. Lo cierto es que el resultado es, en la mejor de las interpretaciones, una pausa en las negociaciones que debe retomar la comunidad internacional. El problema es que la credibilidad de los instrumentos de política formal continúa en franca decadencia.
Me pregunté: ¿Entonces, está el vaso medio vacío? ¿Es este el fin de la esperanza? La película de Carion me dio paralelismos útiles. En Feliz Navidad se desnuda cómo el poder orienta a la humanidad a la autodestrucción por razones absurdas y la lleva, cual manada de borregos, a cumplir los designios de los más poderosos en la primera guerra mundial. Asimismo, se enaltece el valor de la disensión en las acciones de aquellos que en la navidad de 1914 cometieron la ”traición” de confraternizar con el “enemigo”, descubriendo en ese mágico momento que sus diferencias no eran más que impuestas, y que su naturaleza humana común los podía llevar a acciones nobles, más allá de la violencia que les imponían los altos rangos (quienes por supuesto no eran la carne de cañón de las trincheras). Esa disensión, la internalización de ese momento extraordinario y la firmeza de convicción que genera en los “traidores” (quienes se negaron a continuar matándose unos a otros) son las grandes lecciones de esta joyita. Me quedo con este mensaje para procesar los resultados de Copenhague. Creo que es una buena actitud con vista del Año Nuevo 2010 y las elecciones que se acercan al lado de la notable de Gandhi (o de Ben Kingsley, ¿a quién le importa en tiempos de postmodernidad?), "Cuando desespero, recuerdo que, a lo largo de la historia, siempre han triunfado la verdad y el amor. Ha habido tiranos y asesinos que durante un momento pueden parecer invencibles, pero, al final, siempre caen. Tenedlo presente. Siempre".
*Ambientalista
El acuerdo de Copenhague se pierde en enunciados, sin metas exigibles

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