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La columna de Jaime Ordóñez

Irlanda: los milagros que no son milagros

DUBLIN.- Caminando por las calles de esta ciudad casi mítica (cuna Joyce, de Oscar Wilde, de Yeats, de Becket, y de tantos otros) y recorriendo esta Irlanda pujante y desarrollada del siglo XXI, uno se pregunta dónde quedó el pasado pobre y hambriento de esta nación que, entre 1844 a 1860, vio morir y emigrar a más de la tercera parte de su población. Y, sin ir tan lejos, donde quedó la Irlanda de 1950 y 1960, todavía pobre y deprimida, que tenía una cuarta parte de su población rural viviendo en condiciones pre-modernas, sin agua potable ni condiciones de salubridad básica. ¿En qué consistió su milagro? Cuáles fueron las cosas que hizo correctamente para pasar de ser el país hermoso, pero doloroso y melancólico del pasado, a esta Irlanda moderna y vibrante que –a pesar de conservar orgullosamente sus tradiciones, su literatura, y su cultura– es hoy un centro económico y de servicios que ha atraído a INTEL, a Microsoft y otras grandes empresas y que goza de uno de los índices de desarrollo humano más dinámicos del planeta. ¿Hay algún milagro, como dicen por allí políticos fantasiosos?

Después de indagarlo por varios días, la primera conclusión a la que uno llega es que los milagros podrán existir en el mundo de las religiones, pero no en el campo de la economía y la política. Adonde uno pone los ojos, las recetas de los países desarrollados son siempre las mismas: seguridad jurídica, atracción de inversiones e incorporación de valor añadido a las exportaciones; innovación de la producción; sistemas tributarios modernos y eficaces; inversión en infraestructura, carreteras y medios de comunicación; inversión masiva en educación pública y salud. Mercado robusto y dinámico, a la par de un estado eficiente y bien financiado. La primera falacia que hay que desmontar en este siglo XXI es que los mercados fuertes se dan en países con estados y administraciones públicas débiles. Todos los países de la OCDE, los más avanzados del planeta, con ingresos per cápita anuales que van entre los US$ 40.000 y US$ 55.000 dólares anuales, tienen sistemas tributarios fuertes que recaudan entre el 30% y el 50% del PIB.


Irlanda no ha sido distinta. Para el año 2009 su ingreso per-cápita fue de US$42.400 anuales, con una clase media similar a la de cualquier país rico de Europa y con un índice de pobreza de apenas un 4.1% de la población. La atracción de inversiones y la expansión económica ha sido vital, desde luego. Pero también una reforma tributaria que perfeccionó la ex primera ministra Mary Robinson, quien llevó la recaudación a un 31.1% del PIB, lo que permite que la inversión en educación sea de casi el 8%. En esto no existen milagros. Parece que el desarrollo no existe sin un buen impuesto de renta y un IVA moderno. Para aquellos que andan pregonando por allí que Irlanda creció sin cobrar impuestos, la evidencia demuestra lo contrario. Si bien el impuesto corporativo de renta es del 11.5% (lo cual ha sido atractivo para la empresas trasnacionales), el impuesto de renta a personas llega al 40%. Y el IVA es del 21%. Conclusión: para ser un país de primer mundo, hay que actuar como tal.


ordonez@epfcentroamerica.org


 
 
 




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