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EL SAPO Y LA ROSA

Por Mario Ugalde C.

Subdirector
mugalde@diarioextra.com

Verdad que muchos desprecian a los otros porque se creen más que ellos, algunos los ven por “encima del hombro” únicamente porque su vecino no estudió en la universidad, o porque tiene un trabajo distinto, así son los seres humanos de superficiales, le dan más importancia a las cosas materiales y a las apariencias, que a lo que verdaderamente vale la pena. Algunos incluso no saludan al chofer del autobús porque “yo soy abogado”, olvidan que lo importante no es la profesión, lo material se consigue de alguna manera, pero lo fundamental en la vida es la forma en que nos conduzcamos por ella, muchos son más felices con menos dinero.

Sin embargo, siempre hay algo que nos despertará para darnos cuenta que lo que tenemos vale la pena. Muchas veces las relaciones largas nos hacen caer en la rutina, y por ello no le brindamos a nuestra pareja o a nuestro compañero de trabajo o estudio la atención adecuada. No les damos la importancia que realmente se merecen. Puede ser un compañero de trabajo que ha sido fiel a la causa durante muchos años, pero su trabajo sacrificado y constante se convirtió en algo invisible. Porque de por si ahí estará siempre.

Pero cuidado porque como dice una canción: “...nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido...”. Para ilustrar mejor el tema que estoy comentando, hoy les voy a reproducir un lindo mensaje que me envió un amigo lector. Resulta que había una vez una rosa roja muy hermosa y bella. Se sentía de maravilla al saber que era la rosa más linda de todo el jardín, sin embargo, no entendía por qué la gente la veía de lejos.

Hasta que uno de tantos día notó que a su lado siempre había un sapo grande y oscuro, y asumió que era por eso que nadie llegaba a verla de cerca.

Aquella rosa; indignada ante lo descubierto, le ordenó al sapo que se fuera de inmediato de su lado; el sapo muy obediente y tranquilo dijo: -“Está bien, si así lo quieres, así será”-.

Poco tiempo después, el sapo pasó por donde estaba la rosa y se sorprendió al verla totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos. Le dijo entonces: -“Vaya que te ves muy mal. ¿Qué te pasó?-
La rosa contestó: -“Es que desde que te fuiste, las hormigas me han comido día a día y nunca pude volver a ser igual”-.

El sapo sólo contestó: -“Pues claro, cuando yo estaba aquí me comía a esas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín”.

La enseñanza que nos deja este pequeño pero lindo mensaje es que no debemos menospreciar a los demás por creer que somos más que ellos, más bellos, o simplemente que nadie sirve para nada.

Debemos entender que Dios no hace a nadie para que sobre en este mundo. Todos tenemos algo especial que hacer, algo que aprender de los demás o algo que enseñar, por eso no hay que despreciar al más desposeído, porque los que hoy están arriba quizá mañana estén abajo, y aunque ahí descubramos los errores que cometimos... “ya p’que” si muchas veces no tienen reparación.


 
 
 




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