LAURA INTOLERANTE
Alex Solís *
Hace unos días, Laura Chinchilla, aspirante a la silla presidencial, en el discurso que pronunció en el acto de celebración del 58 aniversario del Partido Liberación Nacional, develó ante la ciudadanía algunos rasgos de su personalidad al hacer gala de una agresividad tan poco oportuna como irrespetuosa. No se trata de la agresividad positiva que determina el ser proactivo, necesaria para liderar y echar a andar un país hacia el desarrollo.
No, Laura arremetió contra su adversario, mi hermano Ottón Solís y los seguidores del Partido Acción Ciudadana, calificándolos de “resentidos sociales”. ¡Un estereotipado y grosero insulto! Resentido es quien está enojado y no piensa bien. También es quien guarda rencor y se queja con una forma de sociedad, siente odio y se manifiesta en contra de quienes la sostienen, así como de sus preceptos, principios y valores. En política, desde una posición de derecha y en forma peyorativa, se designa así a los comunistas, a la izquierda, a los sindicalistas, a los progresistas y a los ambientalistas, pero sobre todo, a quienes luchan por la libertad, la igualdad y la justicia social.
De manera general, los estereotipos revelan desconocimiento de quien los utiliza para categorizar a un grupo. Al pretender descalificar de ese modo al adversario, soslaya Laura el terreno de las ideas y el debate democrático respetuoso y transparente para caer estrepitosamente en el pantanoso terreno de lo subjetivo y lo superficial.
¿Acaso será que la candidata considera que sólo los polluelos que anidaron en las alturas son dignos aspirantes a la presidencia? ¿A cuál clase social habría que pertenecer para llenar el perfil idóneo de un candidato presidencial o de adherentes a un partido político? Con ese tipo de calificativos, ¿está Laura desconociendo o renunciando a la posibilidad de movilidad social que el mismo Liberación ha promovido desde sus inicios? ¿Estará Laura, en contra de la historia costarricense, dispuesta a sostener un tipo de Estado que le sirva sólo a unos pocos? Y de ser así, ¿qué le puede ofrecer al pueblo que aspira a mejorar sus condiciones de vida?
Recurrir a la descalificación del oponente como estrategia de contienda, además de fragilidad argumentativa y propositiva, revela una peligrosa intolerancia, inadmisible en una posible mandataria. Flaco favor le hace a la herencia democrática, la lucha contra la pobreza y la corrupción que Pepe Figueres, Francisco Orlich, Daniel Oduber, Rodrigo Facio y otros tantos legaron al partido Liberación Nacional. No quisiera pensar que Laura, en su pasión por el “continuismo”, también ha heredado de su mentor la perversa manía de descalificar con los más severos términos a quien opina diferente a él: extremistas, extraterrestres, talibanes, polos que hablan inglés, o a la de llamar “hipócritas” las leyes que lo meten en cintura. ¡La paz no sólo significa la ausencia de la guerra! La intolerancia hacia el criterio o las candidaturas de otros conlleva a la tiranía, y la tiranía implica la negación de la democracia. La tiranía en la democracia no tiene cabida, es una locura solo concebible en el delirio de un águila enceguecida por el poder.
Marcar con golpes bajos la campaña, al mejor estilo de la rancia tradición politiquera patriarcal, traiciona la esperanza de quienes esperan de ella una original impronta. Una campaña presidencial debe ser cátedra de civismo y no tribuna de ataque contra la dignidad de las personas y los derechos humanos. La intolerancia y el insulto como primera huella de alguien que aspira a la Presidencia de la República no son un buen augurio; tampoco un buen ejemplo de “firmeza y honestidad”.
La clase política debería comprender las expectativas de la gente y ofrecerle la campaña que merece. Hoy más que nunca se impone la autocrítica en el seno de los partidos, el debate de ideas y de propuestas.
En este proceso esperamos escuchar discursos propios de estadistas, que exhorten a la ciudadanía a involucrarse, a participar con espíritu crítico y a defender sus derechos. Solo así se les devolverá a los ciudadanos la fe y la confianza en la política, como medio para alcanzar sus aspiraciones y el bien común, que, a fin de cuentas, debe ser la máxima aspiración de la democracia. Ese fue el sueño de los fundadores de Liberación Nacional y, aún no ha perdido vigencia.