LOS CASEROS DUEÑOS DEL OLIMPO
Carlos Federico Smith
Hoy los costarricenses sufrimos las consecuencias de dos grandes impactos económicos, uno proviene del exterior y otro de cosecha estrictamente doméstica. Al primero lo conocemos bien: es la crisis global que afecta a todas las naciones. En nuestro caso la recesión mundial se refleja en un descenso de las exportaciones, que a la vez afecta nuestra posibilidad de importar, asociado a un descenso de la inversión extranjera, que jugó tan importante papel en la expansión económica de la última década, además de una caída en servicios como el turismo. Todo se traduce en una disminución de la producción doméstica, un alza del desempleo, tal vez un empeoramiento de la distribución del ingreso y sin duda que en una baja de la riqueza de los ciudadanos, así como en una disminución de la inflación por la reducción tan fuerte en los precios internacionales de todo tipo de bienes y servicios importados.
A estos efectos de la crisis internacional -albarda sobre aparejo- se suma una crisis autóctona ocasionada por una política incorrecta seguida por el Banco Central, que hace un par de años, artificiosamente y para proteger el límite inferior de una falsa banda cambiaria, redujo radicalmente las tasas de interés para evitar que entraran divisas al país y se diera un menor tipo de cambio del dólar. Tal reducción provocó un endeudamiento generalizado, un falso aliciente para realizar inversiones, que al ser menor el costo de su financiamiento resultaban ser falsamente rentables, así como una inflación que no es sino hasta hace poco que empieza a reducirse, más que todo por la caída de los precios de los bienes y servicios que importamos.
Ante la crítica de diversos pensadores, las autoridades del Banco Central escogieron seguir una conducta que caracterizo como severo caso de autismo, despreciando algo esencial en una democracia, cual es la obligación de los funcionarios públicos de rendir cuentas de sus actos ante los ciudadanos. Bien puede ser porque, parafraseando aquella famosa frase de Hayek, sufren de un “engreimiento fatal”, al considerarse seres superiores al resto de los conciudadanos, infalibles que todo lo saben y, por tanto, que no deben prestar atención a lo que se diga sobre sus actos. Podrán tener títulos de rancia alcurnia, pero suelen ser tan limitados como otros profesionales que disienten de lo que hacen los burócratas de turno. Deberían de agradecer a quienes piensan diferente, pues les podría enriquecer su vida pública, mediante un intercambio de opiniones que permita ver si lo hecho está bien y, si no, para corregirlo. Pero prefieren rodearse de un escogido coro de lambiscones que les acaricien con un “yes” a todo lo que hacen, sin que les cuestionen de forma alguna la validez o corrección de lo actuado.
No son ni los mejores, ni tampoco lo sabios que pretenden ser, pues alguien con inteligencia primordial más bien buscaría a quienes opinan diferente, para poder valorar si lo que se hace es lo apropiado. Menospreciar y pretender aislar, excluir y arrinconar, a quien opina diferente es un camino errado. En una democracia ello se cobrará en su momento, pero lo lamentable es que, en tanto se llega a ese final, habrán provocado aún mayores daños a un pueblo que sufre por esa arrogancia de sus caseros dueños del Olimpo.